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Profesora Elena Catena

Sin duda, entre las deudas más importantes que contraemos en la vida están las que contraemos con nuestros profesores. Yo la tengo, desde luego, con muchos de los que he tenido. Incluso con algunos que nunca me dieron clase. No cabe duda tampoco de que la primera de esas deudas es la de ser generosos con los demás como ellos lo fueron con nosotros.
En mi caso, esa deuda la tengo muy especialmente con la profesora Elena Catena. Su fallecimiento, hace ahora tres meses, y la lectura del obituario publicado en El País me han llevado a pensar que estoy obligado a hablaros de ella aquí, haciendo un paréntesis en el devenir habitual del blog.
Elena Catena fue mi profesora de Literatura Española de los Siglos de Oro en cuarto de carrera, en el curso 1985 – 86. En la Universidad Complutense, por supuesto. Era una profesora mayor, pero alegre y jovial, que nunca dudó en interrumpir las explicaciones literarias para hablarnos de la vida, contarnos sus batallitas y darnos su ejemplo moral. Recuerdo de aquel año aquella intervención, que tanto gocé, en la que, ante las inminentes elecciones universitarias y estando presente en clase la plana mayor de la llamada Candidatura Independiente de Filología, nos recordó que todo aquel que en política se dice independiente es, en realidad, un facha que no se atreve a decirlo (aquellos de la CIF eran todos de las nuevas generaciones peperas). Recuerdo el ejemplo de entereza y de respeto a la profesión y a los alumnos que nos dio dando clase al día siguiente del fallecimiento de su marido. Guardo como un tesoro, entre mis papeles, aquel examen sobre la novela picaresca y el Persiles de Cervantes con sus elogiosos comentarios – “Buena letra. Buena prosa. Buen comentario. Buen estudiante” -. Aquella crítica a la “crítica fluviana”; la de aquellos que, incapaces de comentar adecuadamente un libro o un texto, no hacen otra cosa en su estudio que un exhaustivo análisis de sus fuentes, como si lo importante fuese en quién se inspira un autor y no qué nos dice con sus palabras. Aquella enseñanza diaria de que toda clase debe ser un gozo y no un dolor para el alumno…
Volví a ser alumno suyo en los cursos de doctorado, entre 1987 y 1989, La novela española actual y Novela española de postguerra. Naturalmente, en aquellos cursos continué aprendiendo de su sabiduría, de sus ejemplos, de sus comentarios, de los momentos de su vida que nos relataba. Para entonces ya me tenía el ojo echado y me trataba en clase con la deferencia de un alumno al que tenía en alta estima (creo que fundamentalmente por mi capacidad para escribir bien y, quizá también, por la de hacer comentarios más o menos acertados al tiempo que procuraba eludir el protagonismo público y por la de captar las cosas con prontitud); algunos me llamaban “el chico de Catena”. Afortunadamente, la diferencia de edad salvaba cualquier mala interpretación.
Fue al acabar aquellos cursos, en el verano de 1989, cuando me invitó a merendar en su casa por primera vez. La vida de la profesora Catena estuvo tan estrechamente ligada a la Universidad como a la editorial Castalia. ¡Castalia!, esa editorial que yo consideraba – y creo que lo era - la más prestigiosa en las ediciones críticas de literatura española. Yo, siempre futbolero, consideraba que publicar en la colección Clásicos Castalia era, para un filólogo como yo, equivalente a ganar la Copa de Europa; la máxima ilusión. Lo que la profesora Catena quería aquella tarde era proponerme la publicación de un libro en la colección Biblioteca de Escritoras que entonces dirigía en Castalia. Volví a casa saltando como si hubiera ganado mi primera Liga.
A la vuelta de aquel verano encontré mi primer trabajo (era de esperar por mi carrera pero nunca había sido mi propósito pues lo consideraba incompatible con mi timidez: profesor). La urgencia de lo inmediato, la necesidad de preparar aquellas primeras clases – a razón de veintiocho semanales, que así se gastan las cosas en la privada – fue relegando mi trabajo en el encargo de la profesora Catena hasta el límite de que cada vez me daba más vergüenza llamarla. Pero ella supo esperar con generosidad y paciencia y, por fin, el 3 de diciembre de 1993, se publicó mi edición de La mujer del porvenir, un ensayo de Concepción Arenal, una de las primeras mujeres que defendió los derechos de la mujer en España a mediados del siglo XIX. Dado que el libro se publicó en el centenario de la muerte de la autora, se hizo de él una presentación pública en la Casa de América en la que tuve el honor de compartir mi intervención con mujeres tan importantes como la ministra de Asuntos Sociales, Cristina Alberdi, que me felicitó. Dos veces. Cuando Cristina felicita dos veces es que de verdad le he gustado mucho, me dijo la profesora Catena al acabar el acto.
Poco más de dos años más tarde, el 10 de mayo de 1996, leí mi tesis doctoral ante un tribunal presidido por la profesora Catena. La tesis me la dirigió la profesora Gloria Rokiski, con quien también guardo una deuda de gratitud eterna; por su sabiduría, por su generosidad y porque gracias a ella mi tesis se convirtió, con prólogo impagable y generosísimo también de Manuel Vázquez Montalbán, en el libro conmemorativo - y no venal - de la Feria del Libro Antiguo en septiembre de 1997.
En los años siguientes continué teniendo contacto con la profesora Catena en unos cursos de la Universidad Complutense en los que trabajé y en los que ella impartía alguna de sus siempre divertidas conferencias. Y volviendo alguna vez que otra a visitarla en su casa cada vez que me lo proponía; menos de lo que me hubiera gustado, más de lo que me atrevía a molestarla.
El 8 de marzo de 2001, Día de la mujer, llevé a la profesora Catena a participar en una charla en el IES Dolores Ibárruri, de Fuenlabrada, en el que entonces trabajaba. Cuando le tocó intervenir, naturalmente, se levantó y, aunque fue invitada – apelando además a su edad – a hablar sentada, se negó – una más de sus lecciones – indicando que cuando uno se dirige a un auditorio debe tener la educación de hacerlo de pie. Ni qué decir tiene que sus relatos encantaron a los alumnos del instituto. Ella se fue habiendo descubierto que la realidad de los institutos, el trato con los alumnos, es mil veces más grata de lo que a muchos les gusta pintar.
Por esas mismas fechas, ella era una de las protagonistas de la exposición 100 mujeres del siglo XX que organizó el Consejo de la Mujer de la Comunidad de Madrid. En los últimos años he seguido sabiendo de ella y de su salud, pero hace ya bastante tiempo que no había vuelto a hablar con ella. 
Como bien recuerda Inmaculada de la Fuente en su necrológica de El País, la profesora Catena, hija de un Ingeniero de Caminos – como siempre le gustaba recordar por lo que de liberal tuvo en los años veinte y treinta esa profesión -, fue una de las primeras mujeres en alcanzar el doctorado y en ejercer cargos directivos en la Universidad. Y una de las más importantes defensoras de los derechos de la mujer, desde una posición moderada, en los difíciles tiempos del franquismo.
Dos datos que se citan en los últimos párrafos de la necrológica son los que me han obligado a escribir estas líneas en las que, transgrediendo mi pudor, os revelo (perdonad la arrogancia) algunas cosas sobre mí. El primero es la alusión a una anécdota que la profesora Catena gustaba de celebrar y contar con frecuencia; cómo, cuando la policía franquista entraba en el campus universitario repartiendo estopa entre los estudiantes, ella arrancaba su coche, abría las puertas y sacaba de allí a cuantos podía. Ese coche al que ella llamaba Mao porque era amarillo por fuera y rojo por dentro. ¡Cuántas veces se lo habré oído contar!
El otro es la mayor verdad que puede decirse sobre la profesora Catena. Siempre que alguien se le acercaba, generalmente con corteses rodeos y zalamas – porque merecía ese respeto y porque era frecuente que tras el saludo viniera un ruego – ella rápidamente, cortaba al interlocutor y le preguntaba ¿qué puedo hacer por ti? Como bien dice Inmaculada de la Fuente y yo atestiguo, siempre que podía, hacía lo que fuese por ayudar a uno de sus alumnos. Preguntar ¿qué puedo hacer por ti? es, como la profesora Elena Catena nos enseñó a cuantos tuvimos el privilegio de conocerla, la primera obligación moral de un profesor con sus alumnos. La segunda es intentar hacerlo. Y las dos se resumen, como os decía al principio, en la de ser generosos en nuestro trabajo y en nuestra dedicación con nuestros alumnos como nuestros profesores lo fueron con nosotros.
Además de generosos, debemos ser agradecidos y por eso yo no tenía más remedio que escribir estas palabras aprovechando este espacio maravilloso del blog donde resulta tan fácil escribir lo que se quiere y lo que se debe. Guardaré siempre el más entrañable recuerdo de la profesora Elena Catena López.

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