Las vanguardias y la Generación del 14
La crisis universal de valores que provocaron los avances científicos y las nuevas corrientes filosóficas a comienzos del siglo XX se intensificó en 1914, cuando el asesinato del Archiduque austriaco en Sarajevo originó la Primera Guerra Mundial. Del conflicto salió un mundo en el que, paralelamente a la desinhibición de los felices años veinte, crecían las desigualdades sociales, se formaba el caldo de cultivo de los fascismos y Estados Unidos emergía como potencia llamada a dominar el mundo durante el resto de la centuria. En este contexto surgieron, se multiplicaron y murieron velozmente las vanguardias: movimientos artísticos que pretendían romper con la sociedad burguesa y con los fundamentos del arte tradicional. Resulta relevante, en lo que aquí nos interesa, que – por primera vez – el arte y la literatura españoles avanzaron a la par - y no con retraso – que el arte y la literatura europeos.
Las vanguardias constituyen un conjunto de experimentos creadores que pretendieron innovar rompiendo violentamente con el arte burgués vigente, que pretendían encontrar nuevos caminos rompiendo con todo el arte anterior. Todos los movimientos de vanguardia – dadaísmo, cubismo, expresionismo, surrealismo… -coinciden en que un mundo incoherente sólo puede expresarse de modo incoherente. El arte no debe reproducir ni imitar la naturaleza no las emociones que produce. La vanguardia se inicia con el Primer Manifiesto Futurista (1909) que, por ejemplo, considera necesario para el futuro antiburgués la destrucción del arte academicista y el canto de la belleza de las máquinas y de la guerra. La contradicción de la vanguardia es que, siendo un arte revolucionario y antiburgués, al deshumanizarse resulta lejano a las masas y, por tanto, incomprendido por el pueblo. Los acontecimientos de los años treinta – el ascenso del nazismo, la guerra de España – obligaron al arte a rehumanizarse y comprometerse.
Respecto a lo que a la poesía se refiere, en la sincronía de la vanguardia española con la europea y la hispanoamericana tiene un papel fundamental Ramón Gómez de la Serna, que ya en 1910 difunde el futurismo, y su invención de la greguería, que define como metáfora más humor. En la poesía española se desarrollaron, fundamentalmente, dos movimientos de vanguardia; el ultraísmo y el creacionismo. Ambos coinciden en su rechazo del realismo y de la expresión de la subjetividad, en el empleo de vocabulario procedente del cine, la técnica y el deporte y en la escritura caligramática. El ultraísmo, a partir de la influencia de Gómez de la Serna, del cubismo, del futurismo y del dadaísmo, quiere ir más allá eliminando la anécdota, lo narrativo, la rima y los signos de puntuación. La llegada del poeta chileno Vicente Huidobro, procedente de París, en 1918, introdujo el creacionismo, que, eliminando los signos de puntuación, pretende crear un poema mediante la yuxtaposición de imágenes que forman inéditas relaciones semánticas. El surrealismo, que fue la vanguardia más duradera e importante, pretendía explorar en el subconsciente y que éste aflore mediante la escritura automática, pero su influencia en España debemos buscarla en la Generación del 27.
Al mismo tiempo que se desarrollaban las vanguardias, en España una importante generación – venimos en llamarla Generación del 14 o Novecentismo, siguiendo la etiqueta dada por Eugeni D’Ors en Cataluña – de intelectuales unían sus voces a la preocupación por España de los noventayochistas - pero con una visión optimista y no pesimista - y ejercían una importante influencia en la vida pública canalizando, durante la Dictadura de Primo de Rivera, el sentimiento popular que reclamaba el fin de la monarquía y la proclamación de la República (Recordemos el famoso artículo que acababa “delenda est monarchia” con el que José Ortega y Gasset – una de las figuras más relevantes de estos intelectuales – daba por muerto , en El Sol, el reinado de Alfonso XIII).
A esta generación pertenecen algunos de los más ilustres españoles del siglo; el filósofo ya citado Ortega y Gasset, el Presidente de la II República Manuel Azaña, el doctor Gregorio Marañón, los historiadores Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz… Todos ellos, de sólida formación intelectual, intentaron sistematizar sus propuestas; la búsqueda de las soluciones al problema de España en el europeísmo, en la apertura al continente, frente a la contemplación del paisaje castellano de los del ’98, el esteticismo, la búsqueda de la pureza artística, el elitismo…
Es fácil comprender que el ensayo sea el género literario más destacable en la producción de esto autores dedicados a distintos campos del saber. Destacando especialmente la obra de Ortega; La deshumanización del arte (1925), donde se plantean los presupuestos estéticos de la generación, La rebelión de las masas (1929), que plantea su visión elitista de la sociedad…
En la novela debemos destacar al alicantino Gabriel Miró que, tras una primera etapa modernista de la que destaca Las cerezas del cementerio (1909), busca con su prosa un estilo elaborado que pretende la perfección formal con largas descripciones de ambientes y sensaciones y escasa acción. En sus dos novelas más importantes, Nuestro Padre San Daniel (1921) y El obispo leproso (1926) describe el ambiente opresivo de Oleza – trasunto de Orihuela – dominado por la hipocresía y el poder de la Iglesia, en contraste con los agradables aromas del campo. También merece unas líneas en este panorama de la Generación del 14 Ramón Pérez de Ayala, entre cuyas novelas destaca A.M.D.G. (1910), crítica de la educación que el autor recibió en un colegio de jesuitas. En todo caso, al margen de títulos, lo relevante en la narrativa de Pérez de Ayala es la escasa presencia de la acción cuyo lugar ocupa la reflexión, lo que acerca sus novelas al ensayo.
Pero, sin duda, la gran figura literaria de esta generación es la del poeta onubense Juan Ramón Jiménez. Hombre de personalidad peculiar, recogió la huella profunda de la Institución Libre de Enseñanza y ejerció una importante influencia sobre los poetas de la Generación del ’27. La búsqueda constante de la perfección le llevó a una continua revisión de su obra poética, de manera que, aunque publicó numerosos libros, podemos entender toda su obra como una unidad. No obstante, cabe ver en ella una evolución cronológica que comienza con algunos libros impregnados de Modernismo – Arias tristes (1903), por ejemplo -, que evolucionan hacia una poesía más personal y conceptual – Estío (1916) -. Diario de un poeta recién casado (1917) rompe definitivamente con el Modernismo y adentra la poesía juanramoniana en el verso libre, algunos rasgos vanguardistas y en una poesía pura, liberada de lo anecdótico que busca la esencia de las cosas y en la que el cielo y el mar son omnipresentes mostrando el orden cósmico del universo. Este proceso de abstracción, aunque siempre con un léxico sencillo, se continúa en Eternidades (1918) y los libros posteriores en los que busca la perfección poética. Avanza así su poesía hacia la metafísica; la conciencia debe permitir al yo escapar del espacio, del tiempo, y, por consiguiente, de la muerte. Esta poesía escrita entre 1923 y 1936 es recogida en La estación total (1946). La búsqueda de la perfección permite que la conciencia del poeta se identifique con Dios en Dios deseado y deseante (1949). Juan Ramón Jiménez buscó en la poesía una visión totalizadora del universo y revelar significados nuevos de las cosas descubriendo qué se esconde bajo su superficie, descubriendo sus esencias, que son independientes de la conciencia humana; quería encontrar el nombre exacto de las cosas y, en ese exactitud, alcanzar la belleza. Para él la pureza poética es el camino para la perfección moral.

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