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Quemando libros

Así hemos iniciado el curso, el de Literatura Universal de 1º de Bachillerato, reflexionando sobre el valor de los libros y de la literatura a partir de distintos momentos, históricos y literarios, en los que se han producido quemas de libros y de los textos de Tariq Alí, Miguel Delibes, Miguel de Cervantes, Manuel Vázquez Montalbán y Ray Bradbury que luego se citan.
El 10 de mayo de 1933, convocadas por la Federación Nazi de Estudiantes, se reunieron 70.000 personas en la Opernplatz de Berlín  para quemar aquellos libros que consideraban “antialemanes”. Se quemaron aquel día entre 20.000 y 40.000 libros que habían sido reunidos por profesores y estudiantes universitarios. La quema de libros – die Bücherverbrennung - fue retransmitida por la radio y llevó al fuego las obras de autores de origen judío, de moral decadente o de ideología izquierdista.
Tras la llegada al poder a finales de enero del partido nazi, la Federación de Estudiantes inició el 6 de abril la “Acción contra el espíritu antialemán” que invita a los estudiantes a denunciar a aquellos profesores que fueran judíos, liberales, pacifistas, críticos con Hitler… Bibliotecarios, libreros y escritores se sumaron a la acción y elaboraron listas de libros antialemanes. La fase purificadora de esta Acción es la quema de libros, recogidos desde el 26 de abril, que la noche del 10 de mayo se produjo en más de 20 ciudades universitarias alemanas y, en las siguientes semanas en otra decena de campus. Antes del 10 de mayo ya se habían producido en Alemania algunas otras quemas de libros no organizadas por estudiantes. 
En ese lugar - hoy se llama Bebelplatz, en honor de August Bebel, presidente del SPD entre 1892 y 1913 y autor de algunos de los libros que se quemaron el 10 de mayo - una estantería vacía, visible, bajo el suelo, a través de un cristal, recuerda aquella barbarie.

Esto no fue más que un preludio, allí donde queman libros, al final también se queman personas”.
Estas palabras que el poeta romántico Heinrich Heine (Düsseldorf, 1797 - París, 1856) escribió en Almanzor (1821), recogidas en una placa de la Bebelplatz, no son proféticas, sino que hacen referencia a la quema de libros realizada en Granada por el Cardenal Cisneros en 1499, siete años después de la reconquista de la ciudad. Junto a ejemplares del Corán y otros libros religiosos, una gran parte de la rica cultura nazarí se perdió entre aquellas llamas en la plaza de Bab al-Rambla.
Aquella quema de libros la recrea el escritor paquistaní Tariq Alí en su novela A la sombra del granado (1992).
En 1478, catorce años antes de la toma de Granada, los Reyes Católicos, constituyeron el Santo Tribunal de la Inquisición (que no fue abolido hasta 1834, durante el reinado de Isabel II). Tras la expulsión de los judíos, unos meses después de la toma de Granada, el trabajo de la Inquisición se centró en la persecución de los judíos conversos. Pero, en el siglo XVI, la Reforma de Lutero llevó a la Inquisición a ocuparse preferentemente de acabar con los brotes de protestantismo que surgieron en España y que tuvieron sus focos principales en Sevilla y Valladolid. Este fue el motivo de la creación del Índice de libros prohibidos, cuya lectura suponía la excomunión de la Iglesia Católica. El Índice estuvo vigente hasta su abolición por Pablo VI en 1966, tras el Concilio Vaticano II.
En El hereje (1998) Miguel Delibes nos habla de los primeros protestantes vallisoletanos. Cipriano Salcedo, el protagonista – al que acompañamos como lectores desde su nacimiento es una persona de total integridad y bonhomía – que, al final de la novela, es condenado junto a sus compañeros a morir en la hoguera. A ese momento asistimos al final de la novela de Delibes.
También en la ficción literaria, como en la vida real, se queman libros. La primera quema de libros de la Historia de la Literatura, no podía ser de otra manera, se produce en una de las novelas más geniales que podamos leer; El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. En el capítulo VI de su primera parte – (1605) - asistimos a la quema de la amplia biblioteca de don Quijote. Su sobrina, su ama, el barbero y el cura, preocupados por la decisión de Alonso Quijano de armarse caballero andante y tras su primera aventura, pensando que son los libros los que le han infundido tal locura realizan un escrutinio de la biblioteca, salvando algunas obras y dando las más al fuego
A Manuel Vázquez Montalbán se debe la creación de la novela negra española a través del personaje del detective privado Pepe Carvalho. Carvalho, cuando llega a casa se pone cómodo y le gusta encender la chimenea, para alimentarla emplea con frecuencia alguno de los libros de su también amplia biblioteca. Lo hace ante la frustración de que, en contra de lo que esperaba de ellos, esos libros no le han enseñado nada sobre la vida. La primera novela de la serie Carvalho es Tatuaje (1974) y en ella asistimos por primera vez a su peculiar manera de prender el fuego del hogar. Lo hace con una edición popular de Don Quijote.
Pero si hay un libro donde se queman libros es, sin duda, en Fahrenheit 451 (1953), novela de Ray Bradbury, que debe su título a la temperatura a la que arde el papel. En el siglo XXIV está prohibido poseer y leer libros. Los bomberos se ocupan de quemar los libros de los ciudadanos que desafían las normas y las personas rebeldes viven, fugitivas en los bosques de las afueras de la ciudad, donde, con el compromiso de mantener viva la literatura cada uno de ellos aprende un libro de memoria.

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