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La literatura barroca

John Faed, Shakespeare y sus amigos en la taberna Mermaid (1851).

Las guerras - debidas a los conflictos religiosos y al expansionismo colonial - y las crisis económicas y políticas marcaron el siglo XVII, en el que estuvo muy presente la muerte como consecuencia de las guerras, las epidemias y el hambre. Al tiempo que el imperio español entraba en crisis, el desarrollo del comercio ultramarino convirtió a Inglaterra en gran potencia y favoreció el desarrollo de la burguesía mientras que la pobreza originó una amplia capa de desempleados, mendigos y delincuentes. Mientras en la Europa continental se consolida el absolutismo, en Inglaterra el poder real quedaba limitado por el parlamento.
Especial importancia tuvieron las corrientes filosóficas del siglo – el Racionalismo y el Empirismo – y los avances científicos debidos a Galileo, Kepler o Newton.
En la literatura y el arte, en el siglo XVII se desarrollaron dos corrientes muy distintas; Barroco y Clasicismo. El Barroco evolucionó desde los gustos renacentistas mediante la exageración y el contraste mientras que el Clasicismo surgió en Francia caracterizándose por la imitación de los clásicos, la racionalidad y la tutela del poder político.
El teatro
El teatro fue el género que alcanzó más importancia durante el siglo XVII pues se convirtió en un espectáculo que atraía a un público amplio de todas las clases sociales y servía al poder y a la monarquía como arma propagandística. Mientras el teatro francés respetaba la llamada regla de las tres unidades – acción, tiempo y lugar – y la diferenciación de los géneros teatrales, buscaba la verosimilitud y defendía el decoro en la acción y en el lenguaje, el teatro barroco – en España y en Inglaterra – (como explica Lope de Vega en Arte nuevo de escribir comedias) rompe con la regla de las tres unidades, mezcla los géneros y el verso con la prosa, mezcla también personajes de distintas clases sociales, introduce elementos sobrenaturales y emplea un lenguaje de fácil comprensión que no evita la aparición de términos malsonantes. Llama la atención la similitud entre el teatro español y el inglés pues no hubo ninguna influencia entre ellos.
La tardía y escasa presencia del Renacimiento en Inglaterra permitió la pervivencia del teatro medieval de asunto religioso. Pero, como en España, surgieron un teatro cortesano y otro de carácter popular cuyo desarrollo coincidió con el reinado de Isabel I (1558 – 1603) hasta el cierre de los teatros en 1640. Las representaciones se realizaban en patios de posadas y posteriormente se construyeron ocho teatros como El Globo o El Cisne a las afueras de Londres, de estructura relativamente parecida a la de los corrales de comedia españoles, en los que, como en España, el público popular impuso su gusto por la diversión y la emoción. Eran teatros de planta octogonal de uno de cuyos lados salía una plataforma - el escenario - que carecía de decorados – los cambios de lugar era dada por las palabras de los personajes –, tras la cual se encontraba una cortina y una puerta a cada lado por las que aparecían los actores. Sobre la plataforma un balcón o galería permitía un segundo nivel de representación. En la plataforma había también asientos para los espectadores más importantes. En lo alto del edificio se situaban los músicos. Los papeles femeninos eran representados por hombres.
En el teatro isabelino autores como Thomas Kyd, John Fletcher, Ben Jonson y Christopher Marlowe precedieron a la gran figura de William Shakespeare (1564 – 1616). El teatro de Shakespeare se caracteriza por la ruptura de las normas clásicas; acciones secundarias se mezclan con la principal, no hay límite en el desarrollo temporal, los cambios de lugar son habituales, la importante presencia del clown también en las tragedias. Y también, radica ahí su grandeza, por su dominio de la lengua y su riqueza estilística, por la condición humana y universal de sus personajes y por su capacidad para emocionar al espectador.
Entre las 37 obras de Shakespeare, las comedias constituyen el grupo más numeroso (Mucho ruido y pocas nueces, El sueño de una noche de verano, La fierecilla domada…) y se caracterizan por su visión moderadamente optimista de la vida – final feliz, ausencia de muertes -, su temática amorosa y la presencia del enredo – proveniente de la comedia latina – como motor de la acción y base del humor.
Las tragedias (Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, Macbeth, El rey Lear…) se caracterizan por la presencia de la muerte inexorable como destino trágico consecuencia de las pasiones innobles como la ambición, la codicia o la venganza, la condición de héroe trágico del protagonista que, de origen elevado, por sus decisiones equivocadas, arrastra a inocentes, y el valor simbólico de los personajes principales – Otelo representa los celos, Macbeth la ambición, Hamlet la duda -.
Los dramas históricos (El rey Juan, Enrique IV, Ricardo III…) se fundamentan en la historia medieval de Inglaterra, analizan psicológicamente a sus protagonistas y defienden la monarquía como institución que garantiza la paz y el orden social.
En España la tradición teatral era mayor que en Inglaterra y a finales del XVI, los teatros españoles estaban más desarrollados, en cuanto a la tramoya, que los ingleses; los primeros teatros estables – los corrales de comedias - se construyeron hacia 1565 y la presencia de las compañías italianas a partir de 1575 favoreció su tecnificación. Aquí se escribieron más obras y más ideologizadas, centradas en asuntos españoles frente a las cuestiones universales que nos plantea Shakespeare, que profundizaba en la psicología de los personajes mientras Lope se centraba en la acción. Los personajes de Shakespeare son transformados por sus pasiones, mientras los del siglo de oro español se ocupan siempre en el tema del honor y la justicia.
Félix Lope de Vega (1562 – 1635) fue el principal autor español, modelo de la comedia nueva caracterizada por la ruptura de las normas clásicas: mezcla de tragedia y comedia, división en tres actos, polimetría de los versos, presencia de una intriga secundaria, estructura bipolar doble, figura del gracioso y predominio de la acción. Entre sus más de mil obras destacan Fuenteovejuna, La dama boba, Peribáñez y el comendador de Ocaña, El caballero de Olmedo
Pedro Calderón de la Barca (1600 - 1681) profundizó en las técnicas y temas del teatro de Lope. En sus obras cobra preponderancia el protagonista sobre la acción, de manera que el conflicto es interior y se expresa mediante el monólogo. Amor, honor y religión son los temas fundamentales de la obras de Calderón, que, como es propio del Barroco, transmite una visión pesimista de la vida. Entre ellas destacan El alcalde de Zalamea, La vida es sueñoEl médico de su honra.
También en Francia el teatro en el siglo XVII tuvo una gran importancia social. En 1548 fue prohibido el teatro religioso, lo que favoreció la implantación de las compañías italianas de comedia del arte que mezclaron tragedia y comedia y avanzaron hacia el barroco. Pero a partir de 1630 la aristocracia defendió la comedia clasicista y el respeto a las reglas; separación de géneros, separación de personajes por su clase social, respeto de las tres unidades, imposición del decoro (los personajes deben hablar de acuerdo a su clase social), división de la obra en cinco actos y uso del verso alejandrino. No es ajena a la reacción clasicista la publicación en 1637 del Discurso del método de Descartes, que propugna la razón como instrumento para interpretar el mundo.
Pierre Cornielle (1606 – 1684) puso las bases de la tragedia francesa. La polémica – y el éxito – de su El Cid en 1636 le llevó a abandonar el estilo barroco para ajustarse a las normas clásicas. Sus obras se caracterizan por su complejidad estructural y su perfección técnica. Están protagonizadas por héroes que se hacen a sí mismos gracias a su generosidad, sacrificio, patriotismo. El conflicto surge cuando el protagonista se enfrenta al dilema de decidir entre el honor y el amor, prevaleciendo el honor.
En las obras de Jean Racine (1639 – 1699), en cambio, el conflicto entre razón y pasión se resuelve siempre en favor de la pasión. Ante ella, el protagonista nada puede hacer y los celos llevan a un desenlace fatal. El estilo de Racine se caracteriza por el respeto a la regla de las tres unidades y por un lenguaje culto y conciso.
La gran figura del teatro francés del XVII es Jean-Baptiste Poquelin “Moliere” (1622 – 1673). Es el creador de la comedia moderna. Para Moliere la comedia debe ser representación exacta de la vida y la naturaleza. Sus personajes, que representan defectos y virtudes de la época, son prototipos universales - el avaro, el hipócrita, el vanidoso… - de rica caracterización psicológica. En las comedias de Moliere el humor sirve al triunfo del sentido común y de la verdad y el final feliz. Moliere escribe con un estilo rico, expresivo e irónico. Entre sus obras destacan Tartufo, El médico a palos, El avaro o El enfermo imaginario.
La poesía
La poesía petrarquista del Renacimiento tuvo su continuidad durante el Barroco, pero renovándose y evolucionando; más en las formas que en los temas. Se busca una expresión más rebuscada y difícil fundamentada en el juego conceptual, el hipérbaton, la antítesis y la metáfora que pretenden causar asombro y que, al mismo tiempo, reflejan el pensamiento pesimista y desengañado del Barroco para el que todo es inestable y fugaz. Se sigue tratando el amor, pero aparecen ahora temas propios del XVII como el desengaño y la muerte, y los asuntos mitológicos se tratan ahora, a veces, de manera paródica. Y surge también una línea de poesía satírica.
En España destacan Luis de Góngora (1561 – 1627) y Francisco de Quevedo (1580 – 1645). En Inglaterra la influencia del petrarquismo fue tardía pero intensa. Destaca especialmente el cultivo del soneto por Shakespeare y la creación del soneto isabelino formado por cuatro tercetos y un pareado. La obra poética inglesa más importante del XVII es El paraíso perdido de John Milton (1608 – 1674); un poema épico que relata la expulsión de Adán y Eva del Edén. En las primeras décadas del siglo también en Francia se cultivó la poesía barroca, pero se impuso luego el Clasicismo, cuyas normas poéticas estableció Nicolas Boileau (1636 – 1711). Destaca la popularidad que alcanzó Jean de la Fontaine con sus 242 Fábulas
La novela
La literatura española ocupa un lugar central en la narrativa europea del siglo XVII.
A mediados del siglo anterior se publicó una breve novela de autor anónimo, Lazarillo de Tormes (1554), que creó un nuevo género, la novela picaresca. La novela picaresca se caracteriza por presentar un relato en primera persona, autobiográfico, en el que un joven de baja extracción social relata las diversas aventuras que ha vivido en el servicio de distintos amos alcanzado con ellas una cierta prosperidad social unida a cierta degradación moral. La novela picaresca ofrece una visión realista y crítica de la sociedad de su tiempo. Frente a la idealización de la novela de caballerías, la novela sentimental y la novela pastoril, la picaresca se caracteriza por su realismo, hasta el punto de que para los lectores de su época Lazarillo debía resultar un relato verdadero y no ficcional.
A pesar de su enorme éxito, habrá que esperar casi medio siglo para la aparición de nuevas novelas picarescas; Guzmán de Alfarache (1599), de Mateo Alemán, El escudero Marcos de Obregón (1618) de Vicente Espinel, La vida del buscón don Pablos (1626) de Francisco de Quevedo, Vida de Gregorio Guadaña (1644) de Antonio Enríquez Gómez y La vida de Estebanillo González, escrita por el mismo (1646).
La repercusión en Europa de la picaresca tuvo su mejor reflejo en Las aventuras de Simplicius Simplicisimus, la divertida novela del alemán Hans Jakob Christoph von Crimmelshausen (1621 – 1676).
Miguel de Cervantes (1547 – 1616), que había cultivado antes la poesía y el teatro y la novela pastoril – La Galatea (1585) -, dedicó los últimos años de su vida a la novela. La publicación de Don Quijote de la Mancha en 1605 tuvo un éxito enorme e inmediato que dio lugar a varias reediciones, a la temprana traducción al inglés y al francés, a la publicación de la segunda parte en 1615, a la que se adelantó en 1614 el apócrifo Quijote de Avellaneda. Debe Cervantes al Quijote su lugar principal en la literatura universal. La literatura universal debe a Cervantes y a su Quijote la creación de la novela moderna, realista y de compleja técnica narrativa. El Quijote consiguió, además, su objetivo explícito de acabar con las novelas de caballerías. Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicada póstumamente en 1617, con la que Cervantes cultivó el género de la novela bizantina, puso, definitivamente las bases de la novela moderna. Antes, en 1613 se publicaron sus Novelas ejemplares, creando el género de la novela ejemplar ideológicamente ligada a la Contrarreforma católica. Entre las Novelas ejemplares encontramos algunas en las que Cervantes cultivó la novela picaresca y la novela morisca.
Entre la aristocracia francesa nació la moda de las tertulias literarias en las que las mujeres actuaban como anfitrionas. Esto favoreció el papel de la mujer en la literatura, primero como lectora, luego como protagonista y, finalmente, como escritora. Y así, debemos recordar las novelas de Madame de La Fayette (1634 – 1693) entre las que destacan La princesa de Montpensier (1662) y La princesa de Clèves (1678) en las que aborda, ahondando en la psicología de los personajes, el tema de la mujer casada sin amor y enamorada de otro hombre.

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