La literatura española del siglo XVIII
![]() |
| Francisco de Goya, Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, 1798. |
La luz de la Razón, que irradiaba desde Francia, fue desvaneciendo, por toda Europa, las tinieblas y los claroscuros del Barroco, que pervivieron, cada vez más tenues, durante el siglo XVIII. Los ilustrados pusieron su fe (por encima de toda autoridad privada, como dijera Feijoo) en la razón, en la utilidad y en la ciencia – en el método científico -, esperando que ellas aportaran al género humano el progreso y el bienestar de los que debían nacer la felicidad y virtudes como la tolerancia y la filantropía. La Ilustración supuso la quiebra del principio de autoridad y el desarrollo del espíritu crítico. Poner todo en duda, pensar; esa es la actitud ilustrada.
En España el siglo se inició con la llegada al trono de la dinastía borbónica –también venía de Francia – que hizo un esfuerzo por modernizar el país. Y así, durante el reinado de Felipe V, las ideas ilustradas se difundieron y extendieron, fundamentalmente gracias a la labor divulgativa de Gregorio Mayans y Benito Feijoo y se crearon instituciones como la Real Academia (1715) o la Biblioteca Nacional (1712). El de Carlos III supuso la “oficialización” de la Ilustración en nuestro país y, como es sabido, este reinado es ejemplo del modo de gobernar conocido como Despotismo Ilustrado; se realizó un importante esfuerzo reformador para transformar la sociedad española. Con la sombra de los acontecimientos revolucionarios franceses, el reinado de Carlos IV se caracterizó por el temor a que pudieran reproducirse en España y, por consiguiente, por el frenazo de las reformas ilustradas, el cierre de las fronteras y la división de los ilustrados españoles, al llegar al trono José Bonaparte, entre patriotas y afrancesados.
La luz de la Razón exigía del arte, de la literatura, que contribuyera al progreso y la felicidad de los ciudadanos; es decir, la Ilustración reclama una literatura comprensible – de ahí la vuelta a los modelos clásicos -, de intención didáctica y vía de difusión del pensamiento ilustrado. Por ello, la narrativa de ficción – al menos en España – tuvo un cultivo menor y la poesía, aunque didáctica, no es de un exquisito valor lírico. Fueron el ensayo y el teatro los géneros literarios más del gusto de los ilustrados pues se acomodaban mucho mejor a sus intenciones didácticas y divulgativas.
Ya hemos comentado arriba la importancia de la labor ensayística de Fray Benito Jerónimo Feijoo (1676 – 1764), cuyo Teatro crítico universal fue profusamente editado y leído a lo largo de todo el siglo. Los dieciséis tomos de la obra de Feijoo, escrita con un tono coloquial – y en castellano, no en latín -, aspiraban a recoger el saber de la época con la intención de desterrar falsas creencias, supersticiones y errores para sustituirlos por ideas correctas y acertadas. Una razonable labor; erradicar ideas equivocadas antes de extender las ilustradas. Pero, sin duda, entre Feijoo, Francisco de Cabarrús, León de Arroyal, etc., destaca como el ensayista más importante del siglo Gaspar Melchor de Jovellanos (1744 – 1811). Jovellanos, a diferencia de Feijoo, no dirigía sus escritos a su divulgación entre el pueblo, sino a encaminar la labor de los gobernantes por la senda ilustrada. Así, de entre la amplia obra de Jovellanos tienen especial relevancia el Informe para la Ley Agraria (1795), Elogio a Carlos III (1788) o la Memoria para el arreglo y la policía de los espectáculos y las diversiones públicas y sobre su origen en España. Jovellanos defiende la armonización de los intereses privados con los públicos, la educación científica, la formación humanística de los científicos, la educación integral y no especializada, el aprendizaje no basado en la memoria…
El género epistolar resultó grato a los ilustrados para reflexionar sobre cuestiones políticas, sociales, etc. Por ello, siguiendo el modelo de las Cartas persas de Montesquieu, José Cadalso (1741 – 1782) escribió Cartas marruecas. En esta obra de variada temática, mediante la correspondencia entre el joven Gazel, marroquí que visita España, su maestro Ben-Beley, y Nuño, el amigo de Ben-Beley que acoge a Gazel, Cadalso nos da una visión de España, de sus costumbres, de las reformas necesarias… Cadalso propugna el cultivo de las ciencias. Cartas marruecas se ocupa también de cuestiones éticas y defiende que la familia, la amistad y servir a la comunidad deben ser las principales preocupaciones del hombre. En Eruditos a la violeta (1772) Cadalso critica a los pedantes que pretenden saber mucho estudiando poco. Finalmente, en cuanto a su prosa, Noches lúgubres es un relato sepulcral escrito a la muerte de su amada María Ibáñez que anticipa algunas de las características del Romanticismo.
Pero si un género es grato a los ilustrados ese es el teatro, pues vieron en él la mejor escuela de costumbres y volcaron sus esfuerzos en conseguir un teatro digno, que fuera vehículo propagador de las luces entre el vulgo. Al teatro dedica Jovellanos buena parte de la Memoria antes citada. Y allí propone una reforma radical del espectáculo teatral; de los aspectos relativos a la representación, desde los decorados, el trabajo de los actores o el acomodo del público, hasta los relativos a las obras mismas, desde su perfección literaria hasta su contenido ideológico. No hay quizá mucho espacio aquí para detallar la profunda reforma propuesta por Jovellanos, pero sí debemos decir que, si bien durante todo el siglo pervivió – cada vez con menos fuerza – el teatro barroco (el de Calderón especialmente) en el gusto del público culto y triunfó, entre el popular, la llamada “comedia de magia” – tan denostada por los ilustrados – con autores como José Cañizares, Antonio Zamora y, fundamentalmente Luciano Comella – Federico II, rey de Prusia (1788) -, también resultó grata al gusto popular la comedia neoclásica. Que, con precedentes como las obras de Jovellanos - El delincuente honrado (1793) -, de Tomás de Iriarte – La señorita malcriada (1791) - o de su padre Nicolás - La petimetra (1762) -, tuvo su máximo exponente en Leandro Fernández de Moratín. Moratín supo crear un teatro que, ajustándose a las intenciones neoclásicas (verosimilitud, lenguaje natural, respeto de las unidades de acción, tiempo y espacio, personajes ejemplares y virtuosos, didactismo a la par que diversión), conectó con el público. Así, Moratín aborda en varias de sus obras - El viejo y la niña (1790), El barón (1803), La mojigata (1804) – la crítica de costumbres de la época como la falta de libertad de la mujer a la hora de elegir marido y su sometimiento a la autoridad paterna. Asuntos que vuelve a tratar en la más importante y exitosa de sus comedias; El sí de las niñas (1806). El sí critica la educación de las mujeres en su época y el abuso de autoridad al que están sometidas por parte de sus padres o tutores y defiende, desde la razón, que el fundamento del matrimonio debe ser el sentimiento de amor. Junto a El sí de las niñas, La comedia nueva o el café (1792) constituye el otro gran éxito de Moratín. Aquí, con una comedia que se ajusta rigurosamente a la unidad de tiempo, critica y ridiculiza las comedias de magia, antes citadas, de espectacular y aparatosa puesta en escena, acción inverosímil y enredo argumental.
No podemos cerrar estas líneas sin recordar que, frente a las ideas ilustradas, en lo político y en lo literario, se situó Vicente García de la Huerta que, con su Raquel (1772), no obstante escrita con estilo neoclásico, defiende el teatro calderoniano y critica la política de Carlos III apoyando el papel de la nobleza en el gobierno.
También la poesía recogió en las primeras décadas del siglo un mayor inflijo barroco que se fue diluyendo por la preferencia por los poetas renacentistas y los metros clásicos. En 1737 se publicó la Poética, de Igancio Luzán, que, en consonancia con las corrientes europeas, propugna una literatura, clara, ordenada y útil que recupere el buen gusto.
En la poesía española ilustrada predominaron tres tendencias, que fueron simultáneas, no sucesivas, y que confluyen en la obra de los distintos poetas. La primera de estas tendencias es la de la poesía rococó, caracterizada por el refinamiento, el empleo de estrofas breves, la temática amorosa y la cercanía a lo bucólico y anacreóntico. La segunda tendencia es la poesía filosófica y utilitaria que pretende difundir las ideas ilustradas- la exaltación de las bellas artes y de la ciencia, lafe en el progreso y la educación, los valores de la amistad y la fraternidad, el odio a los tiranos y a la ignorancia... -. Y la tercera la poesía neoclásica que persigue la imitación de los clásicos grecolatinos. Los poetas más destacables del siglo son los de la llamada Escuela de Salamanca, animados por Cadalso al gusto por Garcilaso y por la poesía anacreóntica y a servir a la patria con su poesía. Junto a nombres como Diego Tadeo González o Nicasio Álvarez de Cienfuegos, destacan las Fábulas de Félix María de Samaniego, y las de Tomás de Iriarte, y por encima de todo, la obra poética de Jovellanos, la poesía anacreóntica de Juan Meléndez Valdés y el contenido político de la del más joven José Quintana.
Podéis saber más en las distintas secciones del apartado de literatura del XVIII de Aula de Letras.

Post a Comment