Leyendo Don Juan Tenorio
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| Alexandre-Évariste Fragonard, Don Juan y la estatua del Comendador, hacia 1830. |
El teatro durante el siglo XIX sigue siendo el principal espectáculo público y a él acuden todas las clases sociales. Por ello sigue siendo objeto de fuertes polémicas; recordemos la pelea entre neoclásicos y románticos que se produjo en París en el estreno de Hernani, de Víctor Hugo, en 1830.
Frente a la diferenciación neoclásica entre comedia y tragedia, en el teatro romántico se impuso el drama histórico, representado en salas a la italiana con profusos decorados y actuaciones declamatorias, caracterizado por la combinación de elementos contrarios, la ruptura de las unidades – acciones principal y secundarias, amplio número de personajes, variedad de escenarios, saltos temporales -, la inspiración en el pasado nacional y las intrigas amorosas de trágico final.
En España, la minoría culta era partidaria de la comedia neoclásica – moratiniana -, mientras en el gusto popular prevalecía el teatro barroco y la espectacularidad de la comedía de magia. El teatro romántico español tiene por temas la defensa de la libertad, el individuo, la patria y la denuncia de la tiranía, la opresión, el egoísmo, situándose siempre en épocas pasadas y, rompiendo en pedazos las reglas del teatro neoclásico, se convirtió en un gran espectáculo en el que se mezclan prosa y verso, comedia y tragedia, personajes nobles e infernales… El teatro español nos deja un gran título por año en la primera mitad de la década romántica – Francisco Martínez de la Rosa, La conjuración de Venecia (1834), Ángel Saavedra, Duque de Rivas, Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), cuyo protagonista, perseguido por la fatalidad se enfrenta trágicamente a la vida, Antonio García Gutiérrez, El trovador (1836), Juan Eugenio Hartzenbusch, Los amantes de Teruel (1837) - y un gran autor en la segunda - José Zorrilla -. Zorrilla es autor de El zapatero y el rey (1840), Traidor, inconfeso y mártir (1849) y de Don Juan Tenorio (1844), la versión romántica del mito de don Juan, el libertino burlador de mujeres que no respeta leyes humanas ni divinas. El Tenorio de Zorrilla, introduce como novedad que don Juan es salvado por el amor puro de doña Inés, lo que lo opone, además, a otros personajes románticos de trágico final, como el Don Álvaro, del Duque de Rivas. Don Juan Tenorio es la obra más importante del Romanticismo español y una de las más importantes de nuestra historia literaria como demuestra su actual vigencia.
Don Juan Tenorio es una obra dividida en dos partes, cinco años separan la acción de una y otra, que, cada una de ellas, cargadas así de intensidad teatral, transcurren en una noche. Entre una y otra, el tiempo en el que han ido muriendo todos los personajes y el palacio de don Diego (el padre de don Juan) se ha convertido en el cementerio donde reposan, recordados por estatuas, mientras en don Juan permanecía inalterable el amor por doña Inés. El primero de los cuatro actos de la primera parte deja perfectamente preparada toda la acción de los tres siguientes en los que don Juan se enfrenta a los hombres desafiando, rebelde, todas las las leyes. En la segunda parte, don Juan se enfrenta a los muertos y a Dios manteniendo su rebeldía hasta el último aliento en que le salva el amor de doña Inés.
Zorrilla tomó el personaje de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y lo convirtió en un mito universal; su Don Juan fue la obra más personal del teatro del XIX, creadores de todas las artes nos han mostrado su visión de don Juan, expresiones como “ser un don Juan” forman parte del acervo lingüístico del castellano – como ser un quijote, un lazarillo o una celestina, más de siglo y medio después de su estreno se mantiene la tradición en España e Hispanoamérica de representar la obra de Zorrilla cada día de difuntos, cualquier español conoce versos como “por donde quiera que fui… y en todas partes dejé recuerdo amargo de mí”, “llamé al cielo y no me oyó…” o los de la archiconocida escena del sofá “¿no es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y se respira mejor?…”. La trascendencia y la vigencia del Don Juan Tenorio son evidentes.
El estreno de Don Juan, la obra romántica más importante, en 1844 supuso, paradójicamente, el fin de la década romántica que se inició en 1834 con el estreno de La conjuración de Venecia de Francisco Martínez de la Rosa. Don Juan Tenorio recoge las características del drama histórico – el género propio del teatro romántico -: el héroe rebelde, el misterio sobre la personalidad de los personajes (antifaces del primer acto), el tema del plazo, las personalidades volcánicas, la fuerza del destino, el amor, el cementerio… Sin embargo, la obra de Zorrilla presenta elementos que la alejan del resto del teatro romántico; elementos procedentes de la comedia de magia (sombras que hablan…), la introducción del mensaje católico de la salvación (doña Inés, esencia del amor cristiano, se convierte en heroína que negocia con Dios la salvación de su amante), las diferencias entre don Juan y los otros héroes románticos (mientras a éstos, que al principio son buenos, el destino les conduce al pecado y la tragedia, el libertino don Juan recorre el camino inverso hacia su salvación, mientras éstos desde el principio están enamorados de una mujer, don Juan es burlador de muchas y acaba enamorándose de una – doña Inés -, mientras éstos son empujados a la rebeldía por las injusticias, don Juan debe su rebeldía a su arrogancia y su temeridad). La consecuencia de estas diferencias es que la salvación de don Juan acabó con la rebeldía de los héroes románticos.
Zorrilla tomó el personaje de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y lo convirtió en un mito universal; su Don Juan fue la obra más personal del teatro del XIX, creadores de todas las artes nos han mostrado su visión de don Juan, expresiones como “ser un don Juan” forman parte del acervo lingüístico del castellano – como ser un quijote, un lazarillo o una celestina, más de siglo y medio después de su estreno se mantiene la tradición en España e Hispanoamérica de representar la obra de Zorrilla cada día de difuntos, cualquier español conoce versos como “por donde quiera que fui… y en todas partes dejé recuerdo amargo de mí”, “llamé al cielo y no me oyó…” o los de la archiconocida escena del sofá “¿no es verdad ángel de amor que en esta apartada orilla más clara la luna brilla y se respira mejor?…”. La trascendencia y la vigencia del Don Juan Tenorio son evidentes.
El estreno de Don Juan, la obra romántica más importante, en 1844 supuso, paradójicamente, el fin de la década romántica que se inició en 1834 con el estreno de La conjuración de Venecia de Francisco Martínez de la Rosa. Don Juan Tenorio recoge las características del drama histórico – el género propio del teatro romántico -: el héroe rebelde, el misterio sobre la personalidad de los personajes (antifaces del primer acto), el tema del plazo, las personalidades volcánicas, la fuerza del destino, el amor, el cementerio… Sin embargo, la obra de Zorrilla presenta elementos que la alejan del resto del teatro romántico; elementos procedentes de la comedia de magia (sombras que hablan…), la introducción del mensaje católico de la salvación (doña Inés, esencia del amor cristiano, se convierte en heroína que negocia con Dios la salvación de su amante), las diferencias entre don Juan y los otros héroes románticos (mientras a éstos, que al principio son buenos, el destino les conduce al pecado y la tragedia, el libertino don Juan recorre el camino inverso hacia su salvación, mientras éstos desde el principio están enamorados de una mujer, don Juan es burlador de muchas y acaba enamorándose de una – doña Inés -, mientras éstos son empujados a la rebeldía por las injusticias, don Juan debe su rebeldía a su arrogancia y su temeridad). La consecuencia de estas diferencias es que la salvación de don Juan acabó con la rebeldía de los héroes románticos.
La salvación de don Juan (doña Inés, enamorada de él, llega a un acuerdo con Dios para salvar su alma), segunda parte de la obra (frente a la versión de Tirso, en la que la estatua de don Gonzalo - el convidado de piedra - arrastra a don Juan al infierno tras cenar juntos), es la clave ideológica del drama de Zorrilla, pero para el lector de hoy – como para el espectador decimonónico – el atractivo de Don Juan Tenorio está en la primera parte (acabado el plazo de la criminal apuesta entre don Juan y don Luis Mejía, éstos celebran otra, don Juan conquista a la prometida de su antagonista, Ana de Pantoja, y acaba enamorándose de doña Inés de Ulloa, a la que también pretendía burlar, el destino le lleva a matar a don Luis y a don Gonzalo, padre de doña Inés. que, al conocer a don Juan ha roto el compromiso de casarla con él); el misterio, la arrogancia del protagonista, el dinamismo de la acción provocado por el cumplimiento de los sucesivos plazos y apuestas, el destino que conduce al trágico final de esa primera parte… Don Juan, al menos el don Juan de la primera parte, es un personaje sin duda despreciable por amoral, y no nos identificamos con él, pero nos atrae y nos divierte su historia como la de muchos otros malvados de la literatura, el cine y la televisión.

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