Leyendo San Manuel Bueno, mártir
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| John Bagnold Burgess, El sacerdote favorito (1880). |
En el primer tercio del siglo XX España vivió la llamada Edad de Plata; tres importantes generaciones – las del ’98 (Machado, Baroja, Valle), ’14 (Jiménez, Ortega, Marañón, Azaña) y ’27 (Lorca, Salinas, Aleixandre) – de escritores e intelectuales convivieron en una época de crisis. Entre todos ellos, destaca la figura de Miguel de Unamuno, autor de una ingente obra que abarcó todos los géneros literarios y periodísticos. Destaca en la producción unamuniana la obra ensayística – En torno al casticismo, Del sentimiento trágico de la vida… - en la que aborda el tema fundamental de su generación – la del ’98 -; el problema de España, la situación del país y las vías para su regeneración. Y aborda también cuestiones filosóficas; el sentido de la vida humana, la lucha entre razón y fe… Asuntos que Unamuno llevó también a sus novelas, con las que participa en la renovación del género y de sus técnicas narrativas que en esos mismos años se está produciendo en Europa y América – recordemos que en 1914 llamó “nivola” a Niebla ante la extrañeza de la crítica ante esta obra que nos plantea la cuestión del libre albedrío; ¿actuamos libremente o determinados por la decisión de nuestro creador?, ¿y, a su vez, el creador existiría si no nos hubiera creado?, ¿son los seres creados los que dan sentido a la existencia del creador? -.
Las colecciones periódicas de novela corta – herederas del folletín decimonónico – gozaron de gran éxito en el primer tercio del siglo XX español. En ellas, publicaron todos los grandes novelistas de la época. En una de ellas – La novela de hoy - apareció en 1931 San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno, que destaca en la novela de Unamuno, junto a La tía Tula, Amor y pedagogía y la fundamental Niebla. En esta breve novela – de profundo paralelismo con el relato evangélico, de gran simbolismo, y muestra también, por su técnica narrativa, de la participación del Unamuno en la renovación de la narrativa contemporánea - se plasman todas las preocupaciones religiosas y existenciales de Miguel de Unamuno; lo que también hace de la novela una obra plenamente actual pues participa de las preocupaciones filosóficas de la época planteadas por el vitalismo y el existencialismo.
En esta novela, su narradora Ángela – mensajera de Dios -, al iniciarse el proceso de beatificación del que fue párroco de su pueblo, Manuel Bueno, se anima a relatar, a modo de memoria y de “íntima confesión de la experiencia de la santidad ajena”, la vida del sacerdote, de la que ella fue principal testigo. A lo largo de las primeras páginas de la novela, Ángela nos presenta las muchas y santas virtudes de don Manuel. Pero luego asistimos a la revelación del secreto que le atormenta y le martiriza; don Manuel, el sacerdote, no cree en la vida eterna, no cree que haya otra vida más allá de la terrenal. Y al mismo tiempo sabe que el pueblo no podría vivir con el descubrimiento de esa terrible verdad, que la misión de la religión es consolar a los hombres de esa verdad. Creer en la otra vida, en la vida eterna, permite a las personas ser felices. Saber que no hay una vida después de la muerte atormenta y desampara al ser humano. En esto radica la verdadera santidad de Manuel Bueno, en su esfuerzo por mantener a los habitantes de Valverde de Lucerna en la ignorancia de la verdad – que no podrían soportar -, en mantenerlos felices evitándoles el martirio que él mismo sufre. Por eso, cuando comprende este secreto, Lázaro, el hermano de Ángela venido del Nuevo Mundo, que aparece en un principio como antagonista ateo de don Manuel, se ‘convierte’ y es, desde entonces, el mayor colaborador de don Manuel en su labor de salvaguardar la felicidad de sus paisanos. El “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” que, pronunciado por don Manuel y replicado como un eco por Blasillo, estremece al pueblo de Valverde de Lucerna, entronca San Manuel Bueno, mártir con la filosofía de Unamuno expresada en Del sentimiento trágico de la vida. Para Unamuno este sentimiento trágico es fruto de la lucha en el ser humano entre la razón y su anhelo esencial de inmortalidad, entre la verdad y la necesidad de consuelo.
Como se recuerda en San Manuel, ya Marx había dicho que la religión es el opio del pueblo. Y Nietzsche afirmó que Dios ha muerto. La angustia vital, el sentimiento trágico de la vida unamuniano, tiene su raíz en la crisis universal de valores con la que nació el siglo XX. Vitalismo y existencialismo manifestaron el desamparo y la orfandad del hombre contemporáneo. Para el hombre del siglo XX – y del XXI – Dios y la vida eterna junto a él ya no son una verdad indubitable como lo eran, por ejemplo, para el Jorge Manrique al que en el siglo XV consolaban de la muerte de su padre. Por ello el hombre contemporáneo se siente solo y angustiado y necesita plantearse el sentido de la vida y la lucha entre su deseo de no morir y la evidencia de que morirá. Y ésta es una característica fundamental del siglo. Y Unamuno supo expresarla bien en sus obras.
Nos llama la atención en San Manuel su capacidad para trasladarnos a lo más íntimo la reflexión sobre esas preocupaciones, especialmente la de si es posible – para uno mismo, para el hombre de carne y hueso, como le gustaría decir al propio don Miguel – la felicidad sin esperanza alguna tras la muerte. Sin duda en nuestra vida cotidiana somos más o menos felices según lo que nos toca en cada momento. Pero si nos paramos a pensar, si entendemos que tras la muerte no hay nada, si comprendemos que el ser humano ha nacido para morir, si tomamos conciencia de ello ¿podemos de verdad ser felices?, ¿cabe la felicidad ante el abismo seguro de la muerte?, ¿la vida tiene, en ese caso, algún sentido?, ¿acaso no nos desasosiega pensarlo? Ese nos parece el gran valor de esta novela; su capacidad para hacernos pensar en lo más trascendente y en lo que, paradójicamente, no solemos pararnos a pensar. ¿Quizá porque como el pueblo de Valverde de Lucerna no estamos preparados para afrontar esas preguntas?
Ahí el valor – y la actualidad - de San Manuel Bueno, mártir; plantearnos problemas existenciales que angustian al hombre de comienzos del siglo XX y siguen angustiando al de comienzos del XXI. Sin duda la lectura de San Manuel no puede dejarnos indiferentes, el terrible secreto de don Manuel no puede sernos ajeno. “¿Y yo creo?”, se plantea Ángela en las últimas líneas de su relato. Implícitamente le plantea al lector, nos plantea, “¿y tú crees?”.

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