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El Modernismo y la Generación del 98

Paul Gauguin, ¿De dónde venimos?, ¿Quiénes somos?, ¿A dónde vamos? (1897)
En los albores del siglo XX las nuevas teorías de la Física ponían en jaque la seguridad que el Racionalismo y la Física de Newton habían dado al hombre contemporáneo, dominador de la naturaleza. Al mismo tiempo, corrientes filosóficas como el vitalismo y el existencialismo subrayaban la orfandad del ser humano – Dios ha muerto, afirma Nietzsche – y su incapacidad para comprender su propia existencia. El siglo se inicia inmerso en una crisis universal de valores – la razón y el progreso ya no aseguran la felicidad - que afectará también al arte, cuya misión será aportar la belleza de la que carece la vida..
Mientras, en 1898 España perdía sus últimas colonias de Ultramar. Su papel internacional quedaba lejos del que había jugado en siglos pasados. También estaba lejos del desarrollo económico e industrial de otras potencias europeas. Los conflictos sociales – Semana Trágica de Barcelona (1909) – se prodigaban a comienzos del siglo XX. Esta situación llevó a los intelectuales a plantearse el llamado “problema de España”: a qué se debía la situación actual del país y cómo resolverla.
En esos mismos años – había llegado a Madrid en 1892 como embajador nicaragüense – el poeta Rubén Darío - Azul (1888), Prosas profanas (1986), Cantos de vida y esperanza (1905) - difundía el Modernismo: movimiento poético que, bebiendo en el Parnasianismo – Baudelaire - y el Simbolismo – Verlaine - de la poesía francesa, llegaba desde América a España como un aire nuevo.
A una joven generación de escritores nacidos en torno a 1870, que dio en llamarse – por el año del “desastre” – Generación del 98, le correspondió afrontar y adaptar las novedades del Modernismo y ocuparse, con una visión pesimista, en la reflexión sobre España, a cuyos problemas buscaron solución en la vida cotidiana del pueblo llano, en el paisaje, en Castilla… Y la hallaron en la europeización; España necesitaba aproximarse a Europa y poner fin a su aislamiento secular.
Despojado de cisnes y pavos reales, y tomando la influencia de Verlaine y de Bécquer, el Modernismo español resultó más sobrio y menos exótico que el hispanoamericano. Al margen de poetas como Villaespesa o Manuel Machado, tuvo quizá en Valle-Inclán su más genuino representante. Modernistas son sus primeras novelas – Tirano Banderas y las cuatro Sonatas -, luego ValleComedias bárbaras – avanzó hacia el esperpento: género teatral que presentaba grotescamente deformada la realidad de España, única manera – decía – de poder mostrarla tal como era y poder comprenderla. En el esperpento, junto a la visión crítica de la realidad española, se combinan un lenguaje poetizado junto al argot callejero, la deformación expresionista, la integración de códigos diversos, la visión grotesca y absurda de la existencia humana, la caricaturización de las convenciones sociales, la animalización de los personajes, la risa, el horror y el sarcasmo… Luces de bohemia - en su famosa escena XII Max Estrella, su protagonista, expone la teoría del esperpento -, Divinas palabras y Martes de Carnaval son los esperpentos que sitúan a Valle-Inclán en un lugar privilegiado del teatro del siglo XX.
El Modernismo también está presente en las primeras obras del poeta Antonio Machado, educado en la Institución Libre de Enseñanza y en sus profundos principios éticos, quizá sea el más insigne representante de la Generación del 98. Machado, cuya poesía corre en paralelo a su biografía – Soria, Leonor, Baeza, la guerra… -, busca en ella captar – mediante la palabra, el adjetivo, y rehuyendo la metáfora - la esencia y la temporalidad de las cosas. Soledades (1903), cuyo tema principal es el paso del tiempo, muestra la influencia de Rubén, pero eliminando los ecos más sonoros y profundizando en los símbolos - el camino, la tarde, la fuente… - y en los sueños. Soledades, galerías y otros poemas (1907) profundiza en la melancolía y en la introspección característica de la obra machadiana. Campos de Castilla (1912) nos pone de manifiesto la visión de Machado del problema de España, que se acentúa en Poesías completas (1917) poniendo su esperanza en el futuro. Machado fue añadiendo poemas a Poesías completas en sus ediciones siguientes de 1928, 1933 y 1936. Junto a su obra poética debemos citar también el ensayo Juan de Mairena que recoge el pensamiento de Machado.
Destaca en el 98 la figura intelectual de Miguel de Unamuno. En su extensa obra cultivó la poesía y el teatro, fue autor de importantes ensayos de contenido filosóficos – Del sentimiento trágico de la vida – o sobre el tema de España – En torno al casticismo, Vida de don Quijote y Sancho -. Pero queremos detenernos aquí en su interesante producción novelística – o “nivolística” -. La novela (al margen de su primera obra, de carácter realista, Paz en la guerra) de Miguel de Unamuno se caracteriza por la ausencia de descripción, la importancia que adquiere el diálogo, la imprecisión temporal y espacial - todo esto permite que el relato se centre en la conciencia de los personajes - y la omnipresencia del autor – aunque no necesariamente mediante un narrador omnisciente – y de sus preocupaciones existencialistas (la confrontación entre la voluntad y las circunstancias, la personalidad, el destino final del ser humano…). Ya en 1902 Amor y pedagogía pretende mostrar el absurdo de pretender racionalizar la vida y presenta la idea de que la vida es representar un papel sin saber si nos cabe o no salirnos del guión previsto por el autor. La novedad de esta novela provocó el rechazo de la crítica a lo que Unamuno respondió alegando que se trataba de una “nivola” y no de una novela. El término lo empleó más tarde, en 1914, en el subtítulo de Niebla. En Niebla, Augusto Pérez, su protagonista, mediante su decisión de suicidarse – pero no sin antes consultarlo con su creador, don Miguel de Unamuno, a cuyo domicilio acude y con quien entabla conversación – nos plantea la cuestión del libre albedrío; una vez creados ¿somos libres de decidir nuestro destino o éste está ya planificado por nuestro creador sin que nos quepa intervenir?, y, a su vez, ¿los seres creados son un sueño del creador o, por el contrario, es la existencia de los seres creados la que da sentido a la existencia al creador? Cuestiones sobre la existencia humana se plantean también en novelas posteriores de Unamuno como Abel Sánchez o La tía Tula. De entre estas novelas destacaremos San Manuel Bueno, mártir, en la que, mediante la íntima tortura de su protagonista, Unamuno nos presenta la incompatibilidad entre la verdad que nos dicta la razón, que nos niega la existencia de otra vida tras la muerte, y el consuelo que nos ofrece la fe, que nos permite ser felices en la esperanza de la vida eterna. La técnica narrativa de Unamuno – con juegos entre las posiciones de autor, narrador, personajes y lector, de claro aroma cervantino en algunos casos – sitúan, sin lugar a dudas, la novela unamuniana en primera línea de la renovación que la narrativa europea sufre en las primeras décadas del siglo XX.
Aunque podríamos citar a otros – Azorín -, queremos finalizar este somero panorama de la Generación del 98 hablando de Pío Baroja. Si Unamuno es la figura intelectual de la Generación, Valle su más importante dramaturgo y Antonio Machado su poeta, Baroja es, qué duda cabe, el gran novelista de esta generación de escritores fundamental en la literatura española del siglo XX.
Pío Baroja es uno de los novelistas más leídos y conocidos del siglo XX y uno de los de mayor influencia en los narradores españoles de generaciones posteriores. Su novela, que tiene sus raíces en la de folletín y en la novela inglesa de aventuras del siglo XIX, se caracteriza por el estilo sencillo y claro, el párrafo breve, la concisión, la agilidad narrativa, el predominio de la acción, los diálogos rápidos y naturales, los personajes enfrentados al entorno. Pensaba Baroja que el novelista debe escoger entre dar libertad a sus personajes y dar preeminencia a la estructura argumental; elige siempre lo primero porque prefiere que el relato tenga vida aunque sea a costa de perder orden. Porque Baroja tiene claro que el fin de la novela debe ser entretener al lector. En su obra hay un antes y un después; un antes de 1912, en el que encontramos todas sus novelas más destacables, y un después de 1912, en el que se centra en redactar las novelas – de carácter histórico - que componen las Memorias de un hombre de acción, cuyo interés es mucho menor. A la etapa anterior a 1912 pertenecen novelas, que reflejan la personalidad de Baroja y el “espíritu del `98”, como La casa de Aizgorri, Camino de perfección, La busca, Paradox, Rey, Zalacaín el aventurero, El árbol de la ciencia, Las inquietudes de Santhi Andía… Algunas de ellas de ambiente marinero o vasco y otras situadas en los barrios bajos del Madrid de comienzos de siglo.

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