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El teatro a finales del siglo XIX

Jean Béraud, La salida del teatro.

En las últimas décadas del XIX y las primeras del XX se produjo en el teatro europeo y americano una enorme revolución; se buscaron nuevos asuntos y nuevas formas de expresión dramática. El público respondió a las nuevas iniciativas y se abrió una amplia gama de posibilidades para este espectáculo tan importante entonces. El teatro - con él el cabaret y el music-hall - vivió su último gran momento como espectáculo de masas. El teatro a finales del XIX era declamatorio y las representaciones y el interés del público se centraban en la actuación de los “divos”. El teatro era además lugar social de encuentro de la burguesía. Los escenarios aparecían invadidos del cartón-piedra, herencia del Romanticismo. Se produjo entonces la renovación tanto desde el Realismo como desde un camino de libertad creativa e imaginativa, dando lugar a importantes síntesis de realismo y simbolismo.
El Realismo puso fin al drama romántico y dio origen al teatro moderno; un teatro que rechaza el efectismo y el retoricismo y que pretende retratar la sociedad contemporánea, especialmente los conflictos morales y sentimentales que interesaban al público burgués. El teatro incorpora nuevas técnicas y formas y muestra la vida cotidiana. A la cotidianidad y al realismo corresponden los decorados y el lenguaje - en prosa – de los personajes, que son de clase media. En la interpretación se busca la naturalidad y no el protagonismo de un solo personaje.
En Alemania Jorge Meiningen, un duque apasionado del teatro, creó su propia compañía y la dirigió entre 1874 y 1890. Esta compañía se hizo famosa en toda Europa por el realismo de sus representaciones, con el que comenzó el destierro del teatro declamatorio. La renovación teatral fue realizada también por la Escena libre dirigida por Otto Brahn y, después por Max Reinhart, que pusieron en escena las obras de Hauptmann y Wedekind.
En Francia André Antoine fue el iniciador del realismo teatral. Financiaba sus proyectos dramáticos con su sueldo de empleado del Gas. En su Teatro libre, fundado en 1887, reunió a actores aficionados y realizaron representaciones en pequeños espacios. Recibió el apoyo de Zola y los demás autores naturalistas. Sus innovaciones fueron especialmente significativas en la escenografía; no dudaba en hacer aparecer incluso animales vivos para ser fiel con la realidad.
En Rusia surgió la personalidad más decisiva en esta revolución teatral: Konstantin Stanislavski (1863 - 1938). Su padre, rico comerciante, le construyó un teatro en casa y otro en las fincas. Stanislavski fundó el Teatro de Arte de Moscú en 1898 y concibió una forma de hacer teatro basada en el análisis de los personajes, la exhaustiva preparación técnica de los actores y en el establecimiento de una línea de acción - proyecto de interpretación y puesta en escena coherente en el que todo esté armonizado en busca de un mensaje artístico - a partir del subtexto - el sentido de la obra que surge de su comprensión profunda no de la lectura literal -. Siguiendo el ‘método Stanislavski’, el actor debe motivar sus acciones partiendo de unos condicionantes psicológicos y sociales nacidos del estudio del personaje. Además ha de dominar sus condiciones físicas, trabajar relajado, lograr estados emocionales auténticos, huir de la sobreactuación y la declamación. Stanislavski y su “método” - todavía vigente - supusieron el triunfo del Realismo en el teatro.
La renovación del teatro no vino sólo del realismo; también de corrientes que pretendían una mayor libertad expresiva y profundizaban en lo poético. Una línea, simbolista, contraria al naturalismo, que fue iniciada, tímidamente, por Paul Fort y Lugné-Poe. El objetivo era que el teatro no se limitase a copiar la realidad sino que la comentase y Fue Meyerhold, un colaborador de Stanislavski, quien marcó el camino de esta línea de renovación teatral. Meyerhold buscó una escena más esquemática en la que el gesto y el movimiento fuesen más importantes que las palabras, renunciando a las salas a la italiana y su suntuosidad y rompiendo la ‘cuarta pared’ erigida por Antoine y Stanislavski, encendiendo las luces de la sala, eliminando el telón, sustituyendo por mallas el vestuario. Stanislavski siguió con interés los experimentos de Meyerhold.
La creación de teatros nacionales en los países escandinavos favoreció la renovación realista en la que destacó la obra del noruego Henrik Ibsen (1828 - 1906) y la del sueco August Strindberg.
La obra de Henrik Ibsen, que partió de la tragedia romántica, sintetizó naturalismo y simbolismo, elementos trágicos y cómicos. Su objetivo es combatir la hipocresía social y desentrañar los resortes contradictorios de la conducta humana; profundizar en la realidad desde distintas perspectivas. Ibsen parte de las ideas científicas en boga; la herencia biológica y el medio determinan la conducta de las personas. No obstante, sus personajes poseen una fuerte individualidad y caracterización psicológica y sufren la incomprensión de la sociedad.
Entre sus obras realistas destacan Casa de muñecas (1879) y Un enemigo del pueblo (1882). Ambas presentan tramas de carácter social encarnadas en personajes individuales, planteando problemáticas y preguntas que deja sin resolver. Nora, la protagonista de Casa de muñecas, vive en la falsedad y la frustración junto a un marido que no comprende nada y al que sacrifica su vida: abandona el hogar con un portazo entonces revolucionario. Casa de muñecas critica el papel de la mujer en la sociedad burguesa y la hipocresía en esta sociedad. Su estreno supuso un enorme escándalo pues ponía en entredicho el pilar básico de la sociedad, la familia y la autoridad del marido. “Una mujer no puede ser auténticamente ella misma en la sociedad actual” escribe Ibsen en Notas para la tragedia actual en 1878.
El protagonista de Un enemigo del pueblo descubre que las aguas del balneario – del que vive el pueblo están envenenadas -; al denunciar el hecho se convierte en enemigo de todos. Nos habla esta obra de la ética y la corrupción. 
Hay luego en el teatro de Ibsen, sin abandonar el naturalismo, una etapa simbolista. En ella las conductas de los personajes resultan simbólicas y los conflictos progresivamente complejos. Hedda Gabler (1890), la obra más significativa de este periodo, nos enfrenta al conflicto entre la verdad y la mentira, la envidia y la ambición…
August Strindberg (1849 – 1912), que comenzó escribiendo obras naturalistas – Acreedores -, fue el iniciador del expresionismo teatral; Tempestad, La sonata de los espectros. El teatro del sueco Strindberg, preocupado por la escenografía y la caracterización detallada de los personajes, plantea el choque entre deseo y realidad. Su obra más importante es La señorita Julia (1888): Julia huye con su criado, al que ama, del asfixiante poder paterno. Tras una noche apasionada, intenta suicidarse con la navaja del criado.
El dramaturgo ruso más destacado es Anton Chejov (1860 – 1904), aunque su reconocimiento de su obra teatral fue posterior al éxito de su narrativa. Del naturalismo de La gaviota (1896) y Tío Vania (1899) evolucionó al simbolismo de El jardín de los cerezos (1904).
El fracaso del estreno de La gaviota en San Petesburgo en 1896 contrasta con el éxito en Moscú dos años más tarde. El protagonista de esta obra es un joven escritor que es rechazado por al actriz a la que ama que, a su vez, pretende a un famoso autor. Ante el fracaso en el amor y en la literatura, el protagonista decide suicidarse.
Tío Vania, ejemplo de sus planteamientos dramáticos, parte del cuadro de costumbres para presentar en un espacio cerrado un nudo de conflictos individuales y colectivos que alcanzan gran tensión.
Los conflictos en el teatro de Chejov se deben a la dificultad de comunicación entre las personas y a la propia contradicción interna de éstas. Se trata de obras de sencillez argumental sin acción aparente en las que los personajes están dotados de gran complejidad psicológica y se expresan con un diálogo fluido y natural.
En Inglaterra, donde predominaba el melodrama y el teatro de evasión, la renovación realista partió de Bernard Shaw (1856 – 1950) y del Teatro independiente de J.T. Grein. El humor y el compromiso social de Bernard Shaw se manifiestan en sus comedias de aguda crítica de la sociedad hipócrita regida por el dinero. Considera Bernard Shaw que el público no sólo debe contemplar la obra sino también reflexionar sobre lo que en ella se le propone, por ello, el autor, no debe ofrecerle finales cerrados. En La profesión de la señora Warren aborda el tema de la prostitución y en Cándida el e la elección entre amor y matrimonio. Su obra más importante es Pigmalión (1913); dos expertos lingüistas apuestan que, cambiando su pronunciación, pueden hacer pasar a una florista de baja extracción social por una gran dama. Lo consiguen, pero los personajes evolucionan y Elisa, la florista, acaba educando sentimentalmente a su profesor.
En la misma línea se situó el teatro del irlandés Oscar Wilde (1854 –1900), que se caracteriza por su estilo y lenguaje elegante y depurado, el empleo del humor y la ironía y la sátira de las costumbres sociales.
En Salomé (1891) Wilde hace una personal interpretación del personaje bíblico en una obra que es ejemplo del teatro simbolista. Pero Wilde destacó en el género de la alta comedia: conflictos banales y de resolución feliz en un ambiente burgués, acción basada en el enredo y diálogos brillantes y llenos de humor. Destacan aquí obras como Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto, ambas de 1895.

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