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La novela española entre 1939 y 1975

Una familia en el Jarama en 1955.
La guerra civil puso un final tan brusco como trágico al esplendor cultural y literario que España había vivido durante el primer tercio del siglo XX. Muertos o exiliados la inmensa mayoría de los intelectuales y escritores, la España de la primera postguerra fue un desierto cultural.
Tras unos primeros años de novelas propagandísticas del ideario falangista y de escaso valor literario, en 1944 la novela española se tornó existencialista. Aquel año, el Primer Premio Nadal fue ganado por Carmen Laforet con su novela Nada. Ese mismo año Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre publicaron respectivamente Hijos de la ira y Sombras del paraíso. Estas dos obras poéticas y la novela de Laforet marcaron el camino existencialista de la literatura española de postguerra.
Junto a la novela de propaganda política y la existencial se cultivaron en los años cuarenta una novela sentimental de formas tradicionales y carácter evasivo y el llamado ‘tremendismo’ – acción violenta, lenguaje crudo, elementos grotescos – que inauguró La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela. Pascual Duarte es un asesino rural que con frialdad y crudeza relata sus crímenes antes de ser ejecutado. Esta novela, junto a La colmena (1950), una de las primeras que pretendió ofrecer un testimonio social de la realidad madrileña de la postguerra, contribuyeron a crear la falsa pero eficaz imagen de escritor inconformista de su autor, que no volvió a escribir ninguna novela hasta 1969. Cela obtuvo el Premio Nobel en 1989.
En los años cincuenta la novela española recuperó la realidad cotidiana como temática: es el ‘realismo social’. La ya citada La colmena y La noria (1952), de Luis Romero, fueron las primeras de estas novelas que tiene por protagonista colectivo a las clases medias, con narrador objetivo – cinematográfico -, acción que se desarrolla en un periodo corto de tiempo, lenguaje coloquial y que no hablan de la guerra civil pero sí de sus consecuencias. Novelas sin argumento concreto; los personajes van pasando y cruzándose ante la cámara objetiva del narrador.
Los bravos (1954) de Jesús Fernández Santos y El Jarama (1956) de Rafael Sánchez Ferlosio son las novelas emblemáticas del realismo social. Algunos autores, que dieron a sus novelas un mayor tinte político, dieron el protagonismo a las clases obreras. Es el caso, por ejemplo de Central eléctrica de Jesús López Pacheco (1958). El realismo social, aprovechando que la técnica objetivista favorecía que la opinión del autor no apareciera en las novelas y, con ello, evitar la censura, dio testimonio de la sociedad estancada y tediosa de los años cincuenta. El Jarama, por ejemplo, muestra la anodina vida cotidiana del grupo de jóvenes y demás personajes humildes que la protagonizan; carentes de preocupaciones, carentes de sueños e ilusiones, charlan sobre cuestiones cotidianas e intrascendentes mientras pasan un día veraniego a la orilla del río.
Pero el realismo social no acabó con la dictadura ni transformó la sociedad. Así que, agotado, en los años sesenta, sin perder la intención testimonial, la novela española buscó la renovación estética a partir de la influencia de la renovación de la novela que durante el siglo XX se había producido en Europa y Norteamérica. La novela ahora presenta puntos de vista múltiples, el monólogo interior se convierte en técnica imprescindible, rompe la linealidad temporal, presenta contrapuestas historias distintas, cuida el lenguaje…
Esta renovación la inició, poniendo punto final al realismo social, Tiempo de silencio (1962) de Luis Martín-Santos. Tiempo de silencio, con un protagonista individual, recogiendo las técnicas narrativas de la novela del siglo XX – monólogo interior, segunda persona… -, con un narrador omnisciente y subjetivo y con un lenguaje rico y expresivo nos presenta una España de valores anacrónicos, donde se desprecia la investigación, la injusticia domina los suburbios y la miseria moral todos los círculos sociales. El protagonista de Tiempo de silencio es un joven médico investigador del cáncer que es detenido a causa de un aborto en que se ve envuelto. Finalmente se descubre su inocencia, pero debe abandonar su trabajo y Madrid.
Junto a ésta, otras dos novelas, ambas de 1966, son fundamentales en la renovación de la narrativa española en la década de los sesenta; son Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé y Cinco horas con Mario de Miguel Delibes. Últimas tardes con Teresa, empleando un narrador omnisciente subjetivo y el estilo indirecto libre, narra la historia de amor entre una chica de la alta sociedad y un joven de los barrios más míseros de Barcelona y critica la superficialidad de la juventud universitaria. La crítica social y la renovación formal son constantes de la narrativa de Juan Marsé.
Cinco horas con Mario es una de las muchas magníficas novelas de Miguel Delibes, seguramente, el novelista más importante del periodo que aquí nos ocupa. Delibes ganó el Nadal de 1948 con su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, de temática existencial. Con El camino (1950) inició una larga trayectoria de excelentes novelas que narran el paisaje castellano y critican la vulgaridad de las clases medias provincianas – La hoja roja (1962) -. En Cinco horas con Mario mediante el empleo del monólogo interior – el de Carmen velando durante cinco horas el cadáver de su esposo Mario – Delibes pone en evidencia la mediocridad de la clase media  - que ella representa - y resalta el talante liberal y aperturista de Mario. Después de 1975 Delibes siguió escribiendo grandes novelas como Los santos inocentes (1981) o El hereje (1998).
Novelas como Volverás a Región (1968) de Juan Benet o Señas de identidad (1966) de Juan Goytisolo, y la influencia del ‘boom’ hispanoamericano – muchos de cuyos autores se afincaron entonces en España - acercaron la novela española a la experimentación que la caracterizó durante los primeros años setenta. Se escribieron entonces novelas de muy difícil comprensión para el lector en las que se huye de la linealidad temporal del relato y el monólogo interior, el flujo de conciencia, se convierte en el recurso narrativo fundamental. En este ambiente narrativo alcanzó el prestigio Gonzalo Torrente Ballester gracias a La saga/fuga de J.B. (1973). Torrente, que en 1943 había publicado Javier Mariño – una novela de ideología falangista –, había escrito desde entonces al margen de las modas y corrientes literarias. La saga/fuga le concedió el reconocimiento público. Entre sus obras anteriores hay que destacar la trilogía Los gozos y las sombras (1957 – 1962), un relato decimonónico que enfrenta dos maneras de entender la vida en un pueblo gallego.
La novela española durante el franquismo corrió paralela a la poesía y el teatro. El existencialismo, el realismo social, la renovación estética y la experimentación marcaron la literatura de cada una de las cuatro décadas a lo largo de las cuales se prolongó la dictadura.

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