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El Realismo

Iliá Repin, No lo esperaban (1888).

La Revolución Francesa de 1789 inició un proceso revolucionario que culminó en Europa con la llamada ‘primavera de los pueblos’ de 1848 y en España con ‘La Gloriosa’ en septiembre de 1868. Tras esta sucesión de revoluciones, la burguesía, y con ella el capitalismo económico, alcanzó definitivamente el poder. La sociedad de clases sustituyó definitivamente a la estamental y la burguesía a la aristocracia en el gobierno de las naciones.
La burguesía, orgullosa de los logros de la nueva sociedad, del progreso alcanzado gracias al Racionalismo y al Positivismo filosóficos, de la mejora del bienestar y la calidad de vida fruto del método experimental y el desarrollo científico, encontró en el Realismo la estética adecuada para reflejar la sociedad burguesa. Y en la novela – escasamente valorada antes del siglo XIX – el género literario óptimo para expresarse.
Lejos de la rebeldía y el escapismo de los románticos, el arte, la literatura, realista pretende ser fiel reflejo de la vida cotidiana de las clases medias urbanas. Por eso, en la novela realista la acción resulta contemporánea y acontece en lugares reales, urbanos, y próximos a los lectores. Sus personajes son normales, corrientes – no héroes – y, a su vez, se trata de personajes dotados de complejidad psicológica, de individualidad, que a veces se expresa en el simbolismo de sus nombres (los galdosianos Fortunata, Benina, Doña Perfecta, Víctor Cadalso…) o en sus rasgos animalizadores (las Miau que dan título a una de las más importantes novelas de Pérez Galdós).
La verosimilitud es rasgo esencial del arte realista. El escritor realista pretende ser fiel a la realidad y para ello, no espera la inspiración de las musas sino que, al modo del método científico, parte de la observación y la documentación para ofrecer en sus novelas una imagen objetiva, detallada y minuciosa de la vida. Por eso mismo, la descripción de ambientes y personajes es otro elemento fundamental de la novela realista. En coherencia con la pretensión de verosimilitud, el lenguaje huye del retoricismo y el barroquismo, resulta natural y recoge el habla coloquial.
Para presentarnos esta imagen objetiva de la realidad cotidiana el escritor realista recurre, lógicamente, al narrador omnisciente, en tercera persona. No obstante, aunque omnisciente y externo, el narrador de muchas novelas realistas es subjetivo y no objetivo. Y recoge en su técnica narrativa el estilo indirecto libre, el monologo interior y el flash-back.
Según avanza el siglo y se desarrollan los movimientos obreros, los escritores más progresistas hacen de la novela un medio de crítica social y de defensa del proletariado.
Flaubert, Balzac, Zola – franceses –, Dostoievski y Tolstoi – rusos –, Dickens – inglés - son, quizá, los escritores realistas europeos más destacados. Zola agudizo las características del Realismo e introdujo el elemento del determinismo: la herencia biológica y el ambiente social determinan a los personajes, originando el llamado Naturalismo.
En España, encontramos un grupo de escritores de ideología conservadora que como Pedro Antonio de AlarcónEl sombrero de tres picos – parten del costumbrismo para asentar el realismo en nuestra literatura, como Jose María de PeredaPeñas arriba, Sotileza – ensalzan la vida rural frente a la corrupción de valores propia de la urbana, o como Juan Valera, el más destacable de este grupo, autor de Pepita Jiménez, una novela epistolar que narra el amor entre Pepita y Luis, un joven seminarista, cuidan, por encima de todo, el estilo y el valor estético de sus obras.
Pero son los progresistas Galdós, Clarín y Pardo Bazán los escritores realistas más importantes. Benito Pérez Galdós noveló la historia del XIX español a lo largo de su extensa obra. Lo hizo mediante las cinco series (cuarenta y seis novelas) de sus Episodios Nacionales – pretenden entender los conflictos que dividen a la sociedad española, aparecen en ellos personajes ficticios junto a personajes históricos -, pero también a través de los veintitrés títulos de las llamadas “novelas contemporáneas” – entre las que se encuentran las más destacadas obras del escritor canario – y del resto de su obra, las novelas de tesis de la primera época y las novelas dialogadas escritas ya en los albores del XX.
Las primeras novelas de Galdós (La Fontana de Oro, Doña Perfecta, Gloria…), publicada en los años ’70 del siglo XIX, son novelas de tesis de intención didáctica en las que Galdós denuncia la intransigencia y el dogmatismo religioso. Las “novelas contemporáneas”, escritas en los ’80, (Fortunata y Jacinta, Miau, La desheredada, El amigo Manso…) reflejan la sociedad madrileña durante el sexenio revolucionario (1868 – 1874) con una mayor complejidad en la acción y en la psicología de los personajes. Lo hacen con una detallada descripción de ambientes y tipos, introduciendo el diálogo y el monólogo interior y teniendo a la clase media como protagonista y como temas la libertad, el progreso, la educación, el anticlericalismo, e inspiradas en el krausismo. En la última década del siglo Galdós escribió novelas (Tristana, Nazarín, Misericordia…) en las que es importante la presencia del espiritualismo y de la pobreza como forma de vida. En estas novelas cobran gran importancia el diálogo, los sueños y los símbolos. Con ellas están muy emparentadas las obras teatrales (Electra, El abuelo…) que Galdós escribió ya en el siglo XX.
Junto a la Fortunata y Jacinta (1886) de Galdós, La Regenta (1885) de Leopoldo Alas, Clarín, es la gran novela del realismo español. La Regenta, que se encuadra en dos géneros típicos de la novela realista – la ‘novela de adulterio’ y la ‘novela de sacerdote’ – refleja la vida de la sociedad provinciana a través de Vetusta, trasunto de Oviedo,  que es escenario y protagonista de la novela. Sociedad provinciana – que Clarín también reflejó en Su único hijo – caracterizada por el anticlericalismo, la hipocresía, la frivolidad, la frustración, la sexualidad reprimida; la miseria moral, en suma. Ana Ozores, la Regenta, sucumbe ante este ambiente hostil y es despreciada por la sociedad: casada con un hombre mayor – Víctor Quintanar - que la quiere como a una hija, su espiritualidad la pone bajo la influencia de su confesor – Fermín de Pas -, conocedor de sus secretos y enamorado de ella, y luego, sus deseos la impulsan a caer en el adulterio con un donjuanesco seductor - Álvaro Mesía -.
Se tiene a La desheredada (1881) de Galdós como la primera novela naturalista española. Pero el Naturalismo no tuvo un pleno desarrollo en nuestra novela decimonónica; no caló en ella su rasgo fundamental; el determinismo. Así, podemos considerar que no hay un Naturalismo español, pero sí una influencia naturalista en diversas novelas de Galdós, como La desheredada, en las de Clarín y, principalmente, en las de Emilia Pardo Bazán, considerada la más naturalista de los escritores españoles, cuyas obras más destacadas son La tribuna – primera novela que tiene por protagonista a la clase obrera -, y Los pazos de Ulloa y Madre Naturaleza – ambientadas en la Galicia rural -. Y también en las novelas de Vicente Blasco Ibáñez, que aunque por edad pertenece a la generación posterior, escribió de acuerdo a los cánones realistas, y con gran éxito, novelas como La barracaCañas y barroSangre y arena, ya en las primeras décadas del siglo XX.


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