La literatura romántica
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| Ernst Ferdinand Oehme, Procesión en la niebla (1828). |
El desarrollo económico de Inglaterra en el siglo XVIII dio lugar a la primera revolución industrial y al crecimiento de la burguesía y del capitalismo, que se extendió por el continente europeo durante la primera mitad del siglo XIX. Por otra parte, las ideas ilustradas fueron fundamento de la Revolución Francesa de 1789. Además, trece años antes, en 1776, los Estados Unidos de Norteamérica proclamaron su independencia de la metrópoli británica. Finalmente, en las décadas finales del XVIII, en la políticamente desunida Alemania surgió un importante movimiento de pensadores y escritores, que en literatura se llamó Sturm und drang (tormenta y empuje), que originó un fuerte sentimiento de identidad nacional, de afán de libertad, de interés por la poesía popular y de fe en la creatividad individual.
La Revolución Francesa de 1789 supuso la apertura de una nueva era en el desarrollo de la humanidad. El individuo, bajo el pabellón de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pasó de la condición de súbdito a la de ciudadano. El liberalismo, como doctrina política y económica, se instaló firmemente, de la mano de la nueva clase dominante: la burguesía. Incluso en Estados donde los principios de la Revolución no pudieron tener efecto práctico, como España y Rusia, las nuevas ideas se infiltraron en la conciencia de las élites intelectuales. Todo esto supone un fuerte incremento de la conciencia individual, que desemboca en optimismo, en fe del ser humano en sus propias posibilidades y capacidades, o, en una permanente e inútil pugna del individuo contra un medio social profundamente hostil. El sentido de lo personal caracteriza la conciencia surgida de la Revolución y su entorno histórico.
A medida que desaparecieron las monarquías absolutas, el constitucionalismo aportó un concepto de nación cuya titularidad correspondía a todos los ciudadanos, y a todos ellos pertenecía. Como consecuencias políticas inmediatas, se produjo, por una parte, la unificación de estados, como el italiano y el alemán; por otra, el incremento de las conciencias nacionales en regiones dotadas de fuerte identidad histórica, como Cataluña, Córcega o Irlanda del Norte.
La proliferación de autores y obras durante el Romanticismo fue muy grande pues la democratización de la cultura se vio favorecida por los importantes avances industriales de la imprenta, que permitieron que muchas novelas de Walter Scott, de Dumas, etc. fueran muy populares, alcanzaran grandes tiradas y se difundieran por entregas. La literatura se convirtió en un producto de consumo para la burguesía y también para el proletariado.
Nace así el Romanticismo como la expresión artística propia de la primera mitad del XIX, periodo que, jalonado por las revoluciones de 1820 y 1830, culmina en la “Primavera de los Pueblos” en 1848. Un periodo atravesado por el liberalismo, el nacionalismo y el individualismo.
El Romanticismo se extendió desde la literatura al resto de las artes – especialmente a la música - y al resto de la vida, pues acabó siendo, más allá de un movimiento artístico, una manera de entender la vida, una actitud vital de la persona respecto a sí misma y respecto al mundo. El Romanticismo llegó a ser una moda y trajo consigo modas en el aspecto físico y en la indumentaria que fueron adoptadas también por personas ajenas al espíritu romántico.
El artista romántico se ve a sí mismo como un genio, como un creador individual guiado por la inspiración y la libertad. Por consiguiente, todo modelo previo carece de interés para la creación romántica (aunque sí hubo modelos, y algunos claros como el teatro de Shakespeare o el de Lope y Calderón).
Estas apasionadas individualidades estaban necesariamente destinadas a colisionar con su entorno de forma más o menos violenta. La propia sociedad burguesa, de cuyas bases ideológicas e históricas eran hijos, paradójicamente, los románticos, les producía rechazo por múltiples motivos. Este choque fue ocasión de una angustia permanente – el llamado “mal del siglo” -, cuyas manifestaciones oscilan entre la profunda melancolía, la abulia extrema y sentimientos violentamente agónicos, de rebeldía activa, frente a ese universo rechazado de plano.
Naturalmente, como toda actitud vital, la mayor o menor autenticidad de tan dolorosas vivencias es muy variable. En los casos extremos de veracidad, se produjeron reacciones suicidas, como en los casos de Larra; o de duelistas infortunados, como Pushkin; de muertos en guerras románticas, como Byron; de artistas enloquecidos por el delirio y el alcohol, como Hölderlin y Poe. Por otro lado abundaron las actitudes retóricas o cursis.
La selección de asuntos y formas por parte de los autores románticos tiene que ver con la profunda rebeldía frente a su entorno y se articulan en torno a dos polos coincidentes: la evasión de lo inmediato, el rechazo del medio social y temporal, y la pretensión de crear un mundo, nunca de reflejarlo en sus obras. La vida y el arte son realidades superpuestas para los románticos. Así, los asuntos y temas propios del Romanticismo son:
- El tema central de la literatura romántica es el yo. Toda percepción de la realidad pasa por el filtro de la individualidad. Se trata del yo del poeta, presente en su obra, o del yo transferido al héroe.
- El héroe; personaje singular, distinto a los demás y marcado por el misterio o el destino adverso. Recoge las aspiraciones del autor romántico, que proyecta en él toda su vocación de ser distinto y hallarse marcado por un sino especial. Estos seres idealizados tienden, en muchos casos, al desastre y a la aniquilación, o bien logran triunfar después de haber pasado todo un calvario. Profundamente espirituales y magnánimos en muchos casos; en otros, desarraigados, cínicos y perversos. Siempre son sujetos extremos, nunca mediocres o vulgares.
- El amor; el sentimiento amoroso es vivido y expresado por los románticos de manera exagerada como una profunda frustración, que puede llevar a la más negra melancolía e, incluso, a la muerte, o como un abstracto enamoramiento de un ser incorpóreo, tal vez inexistente. En otras ocasiones es el amor imposible o perdido, rara vez un sentimiento de dicha.
- La naturaleza; muchos autores ven en ella el símbolo de sus emociones. Es una naturaleza que trasciende a lo meramente descriptivo y que difiere mucho de la idealización propia de épocas anteriores como el Renacimiento. La naturaleza se proyecta hacia lo subjetivo y participa de los sentimientos del artista, a los que sirve. La naturaleza puede estar cargada de melancólica intimidad o volverse turbulenta y agitada, simbolizando la agonía interior del romántico, que ve en la tempestad, en el mar embravecido o en el bosque tenebroso un fiel trasunto de su turbulento estado anímico.
- Otros paisajes románticos; espacios misteriosos, lúgubres e inquietantes, o rurales y apacibles, como necesario contrapunto a la expresión de sentimientos agitados. Cementerios, catedrales góticas, ruinas... Como la naturaleza; el escenario es trasunto de las situaciones espirituales o morales que se pretende transmitir.
- El exotismo; la necesidad de escapar del entorno, que rechaza al genio y es rechazado por él, lanza a los artistas en busca de mundos diferentes y extraños - muchos artistas románticos fueron grandes viajeros que recorrieron el sur de Europa -. Lugares donde la imaginación y la pasión pueden desarrollarse, libres de las estrechas ataduras de la sociedad burguesa con todas sus miserias dinerarias y convencionalismos sociales. La huida más cercana se emprende hacia los países del sur, España, Italia y Grecia, pintorescos y bastante míseros, cargados de leyenda y misterio. Un poco más allá, el oriente de las Mil y una noches, bastante ajeno a la realidad de los países orientales, pues, como el paisaje, el lugar exótico se adapta a las fantásticas necesidades del escritor y de sus lectores.
- La Edad Media; los ideales de nobleza y espiritualidad llevaron a los escritores a épocas de la historia poco valoradas por la Ilustración, que había fundamentado sus ideas en la antigüedad clásica. La huida en el espacio hacia lo exótico tiene su correspondencia en la escapada hacía atrás en el tiempo, preferentemente, a la Edad Media y, en segunda instancia, al Renacimiento y al siglo XVII. La visión romántica de estas épocas es sesgada, porque la historia sólo interesa para transmitir los sentimientos del yo. Se trata de un tiempo poblado de seres caballerescos o misteriosos - caballeros, damas, magos, brujas… - y que proporciona lugares y ambientes adecuados al gusto por lo maravilloso o por lo lúgubre.
- La muerte y lo macabro; preferencia por la muerte como asunto o como desenlace. Además, se trata de la muerte en sus detalles físicos o en sus ambientes directos, como cementerios y criptas. Este gusto por lo macabro tuvo una retórica que llega a resultar caricaturesca. Escritores como Edgar Allan Poe, Víctor Hugo o Espronceda trataron el tema de la muerte bajo fórmulas que van desde el relato siniestro hasta el poema elegíaco con extraordinaria profundidad.
- Lo ultraterreno y sobrenatural; el rechazo de lo estrictamente racional y terreno llevó a los poetas a dirigir su mirada hacia universos espirituales. El milagro, la experiencia mística, todo aquello que bordea los límites de la religión, para aproximarse a las supersticiones, fueron los mundos que ocuparon la atención de aquellos escritores apasionados por cuanto la religión ofrece de apartamiento de lo inmediato. Otros buscaron sus asuntos en lo simplemente mágico o asombroso: espectros, seres de ultratumba, visiones... Los relatos de terror encontraron terreno abonado en el Romanticismo. Por otra parte, la leyenda popular proporcionó abundantes asuntos de magia y espanto a poetas, narradores y dramaturgos. Un personaje privilegiado en esta búsqueda de seres misteriosos es el demonio. El Mefistófeles del Fausto de Goethe abrió el camino a una larga lista de intervenciones diabólicas en la literatura de los románticos.
En la década de 1770 el movimiento de intelectuales alemanes que conocemos como Sturm und Drang puso las bases del Romanticismo reivindicando el sentimiento frente al racionalismo. Entre los escritores de este movimiento destacan Friedrich Schiller (1759 -1805) y Johann Wolfgang Goethe (1749 – 1832).
Entre la obra poética de Schiller destaca la Oda a la alegría (1785) que en 1825 musicó Beethoven. Pero Schiller destacó especialmente por su obra dramática; Don Carlos (1787), Guillermo Tell (1804). Personajes enfrentados a situaciones emocionales extremas que actúan noblemente. Guillermo Tell es símbolo de la lucha por la libertad y de la independencia de Suiza.
Goethe es uno de los autores fundamentales de la Literatura Universal. Cultivador de todos los géneros destaca por novelas como Las penas del joven Werther (1774) – novela epistolar que narra el amor de Werther y Carlota, comprometida con otro hombre, cuyo desenlace será el suicido de Werther – o Las afinidades electivas (1809) que plantea el conflicto entre razón y sentimiento. La otra gran obra de Goethe es el drama en verso Fausto, cuyo protagonista vende su alma al diablo a cambio de la sabiduría y la juventud.
La poesía
La libertad del creador individual hace que toda regla y todo modelo previo sean rechazados. En consecuencia, los géneros literarios son entendidos como frenos a la imaginación y, por ello, transgredidos por sistema. Así se escribieron poemas narrativos, prosa poética, diarios reales y ficticios, novelas epistolares, dramas que rebasan todas las convenciones teatrales… Los escritores románticos cultivaron a menudo géneros diversos y no se limitaron a especializarse en uno de ellos.
La poesía, la más prestigiosa forma de transmitir la subjetividad, produjo gran abundancia de obras. Los poetas románticos desbordaron los límites del lirismo y abordaron en verso asuntos de carácter narrativo, filosófico, patriótico... En muchas ocasiones se trata de poemas extensos que manifiestan una gran libertad de creación en las formas expresivas, particularmente en el verso, que emplea nuevas formas o mezcla las clásicas.
La poesía romántica se caracteriza por la subjetividad; los poetas, llevados por su deseo de libertad y originalidad, exploran sus sentimientos y contemplan la naturaleza haciendo de ella vía de expresión de sus estados de ánimo.
Tras el Sturm und Drang, en la poesía alemana destacaron Friedrich Hölderlin (1770 – 1843) y Friedrich von Hardenberg (1772 – 1801), que firmó con el seudónimo de Novalis. Hölderlin, que murió loco, no fue apreciado en su tiempo. La vida y la obra de Novalis quedó marcada por la muerte por tuberculosis de su prometida. El dolor se manifiesta en Himno a la noche (1800) que mezcla verso y prosa y presenta la noche como puerta de acceso a la verdadera vida en la que puede unirse con la amada.
Los poetas románticos franceses encontraron dos grandes obstáculos para imponerse en el gusto de sus lectores: la ausencia de lirismo en su literatura y la permanente vocación a la racionalidad clasicista en la cultura francesa. La poesía de autores como Alfred de Vigny, Alfred Musset o Victor Hugo gira en torno al yo poético, tema fundamental del Romanticismo.
Los románticos italianos estuvieron marcados por dos rasgos peculiares, asociados a la historia de Italia: el clasicismo y el patriotismo. La influencia de la cultura romana es imborrable en la literatura italiana. Así en plena etapa romántica la lengua de los poetas está marcada por el modelo lingüístico del latín, que se refleja en la utilización de recursos como el hipérbaton o una fórmula de verso semejante a los hexámetros latinos. La unidad italiana se produjo en 1870, y fue un anhelo hondamente sentido por muchos patriotas, entre los cuales se encontraban intelectuales y escritores. De esta manera, el sentimiento patriótico, interiorizado, se convierte en una pasión, y se vierte en la poesía de Ugo Foscolo, Alessandro Manzoni o Giacomo Leopardi.
Pero es en Inglaterra donde la poesía romántica tiene sus más importantes autores. Podemos considerar prerrománticos a algunos poetas del XVIII que aportaron asuntos esenciales de la poesía romántica; Young, cuyas Noches aportan la melancolía, Gray cuya La elegía escrita en un cementerio de aldea aporta el gusto por lo crepuscular, el escoces McPherson, cuyo poema épico Ossian aporta el interés por la Edad Media y Cowper cuyos poemas aportan los pequeños motivos íntimos – el retrato de su madre, un paseo por el campo – como temática grata para los románticos.
William Wordsworth (1770 – 1850) y Samuel T. Colerigde (1772 -1834) son los más importantes de la primera generación de poetas románticos ingleses – los “laguistas” porque vivieron y se inspiraron en los lagos del norte de Inglaterra -. Ambos compusieron juntos Baladas líricas en 1798. En esta obra intentan teorizar sobre la poesía romántica – demostrar que el lenguaje cotidiano es válido para la poesía - y realizar una sincera expresión de los sentimientos mediante reflexión e introspección. Los poemas de Wordswoth se centra en los sentimientos y la contemplación de la naturaleza y los de Coleridge en lo misterioso y lo sobrenatural.
Lord Byron (1788 – 1824) , Percy Shelley (1792 – 1822) y John Keats (1795 – 1821) forman la segunda generación de poetas románticos ingleses – los “rebeldes” o “satánicos” -. Byron fue famoso en su época y su vida y su obra se convirtieron en modelo del ideal romántico y de su rebeldía. Entre sus obras, llenas de héroes apasionados y solitarios, destaca el poema Don Juan en el que reflexiona sobre el personaje creado por Tirso de Molina. Shelley recreó en Prometeo liberado el mito del titán que robó el fuego a los dioses, abordando el tema de la soledad y la angustia del ser humano. Al melancólico Keats la celebridad le llegó tras su temprana muerte por tuberculosis. Su poesía se caracteriza por el afán de evasión, busca la originalidad y la autenticidad y reflexiona sobre la muerte y el paso del tiempo. Entre sus obras destaca Endymon (1818) que recrea el mito del pastor que se enamoró de Selene y quiso vivir siempre dormido para disfrutar de su amada.
Narrativa
El siglo XIX es el gran siglo de la novela, como género propio de la sociedad burguesa. Los escritores románticos dieron el primer paso hacia su apogeo y el público acogió sus obras con entusiasmo. El éxito de algunos escritores hizo que, contra el principio romántico de evitar las formas preestablecidas, tuvieran muchos seguidores e imitadores.
El acceso de las clases medias – y de las mujeres en particular – a la lectura favoreció en el siglo anterior la aparición de la novela sentimental, que siguió cultivándose durante el Romanticismo junto a nuevos géneros narrativos – la novela histórica, la novela fantástica y de terror – gratos al gusto romántico. El desarrollo del género se vio favorecido también por la aparición de nuevas fórmulas editoriales como el folletín y la novela por entregas.
En la novela sentimental destacan especialmente escritoras como Jean Austen (1775 – 1817), autora de Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, y de las hermanas Brontë; Emily, autora de Cumbres borrascosas, y Charlotte, autora de Jane Eyre. Con frecuencia la novela sentimental adoptó la técnica de la novela epistolar o del diario.
Elementos románticos como el nacionalismo y el deseo de evasión favorecieron que la novela histórica fuera un género de amplio cultivo. Con mayor o menor fidelidad a la época y a los acontecimientos seleccionados, los relatos se sitúan en épocas prestigiosas desde la perspectiva romántica: Edad Media, Renacimiento, Siglo XVII. En este marco se desarrollan episodios de amor, intriga, venganza...
Los escritores más destacado del género fueron el escocés Walter Scott (1771 – 1832) y los franceses y Alejandro Dumas (1802 – 1870) y Victor Hugo (1802 – 1885).
Scott, autor de Ivanhoe, Rob Roy y otras muchas novelas ambientadas en la Edad Media cuyos protagonistas encarna valores con los que el pueblo se identifica, obtuvo un clamoroso éxito en su época y se convirtió en el siglo XX en autor de lectura obligada para generaciones de niños y jóvenes. Scott partió de las baladas y tradiciones de su Escocia natal. Posteriormente abordó sus grandes novelas, llenas de tópicos morales en la lucha de héroes y villanos, que se ajustan al esquema maniqueo propio de la novela de aventuras, y pobladas de nobles ancianos, perseguidos o voluntariosos, virtuosas doncellas en apuros y toda suerte de elementos míticos y formidables.
Victor Hugo fue uno de los escritores más representativos del Romanticismo; poeta, narrador y autor teatral. Entre sus novelas destacan Nuestra Señora de Paris y Los miserables. Los humildes personajes de Victor Hugo se enfrentan a los poderosos y a su destino. El 31 de mayo de 1885 dos millones de personas, incluidas delegaciones de las organizaciones obreras de toda Europa, convirtieron París en una gigantesca manifestación de duelo en el entierro de Víctor Hugo.
Alejandro Dumas (1802 – 1870), quizá el más popular de los autores de novelas por entregas, escribió más de trescientas novelas de las que las más importantes son Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo -.
Muy relacionada con la novela histórica y el libro de viajes del XVIII está la novela de aventuras en la que la acción transcurre en tiempos y lugares alejados de la realidad contemporánea. El norteamericano James Fenimore Cooper (1789 – 1851), fue muy valorado por los románticos y se le llamó el Walter Scott de las praderas. Su conocida novela El último mohicano trasplanta la figura del héroe romántico a un valeroso piel roja, marcado por el sino fatal de ser el último de una noble estirpe y perseguido por un implacable villano, otro indio. El interés de El último mohicano radica en que marca una transición de altísima calidad entre la novela histórica y la novela de aventuras, que posteriormente cultivaron Jack London o Herman Melville.
El interés romántico por lo popular y el folclore llevó a autores como los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm a recopilar cuentos populares, que aportaron al relato fantástico elementos como la falta de lógica, la magia, los personajes que, como la Muerte o el Diablo, causan terror o la capacidad de hablar de objetos y animales. Con estos elementos, se puede considerar a E.T.A. Hoffmann (1776 – 1822) como el creador del cuento fantástico moderno, situando lo irracional y maravillosos en un contexto cotidiano. Género en el que destaca de manera sobresaliente los relatos del estadounidense Edgar Allan Poe (1809 – 1849) por su originalidad, sus descripciones de ambientes y sentimientos y su ritmo narrativo.
En Inglaterra el rechazo al racionalismo y el gusto romántico por lo sobrenatural, lo macabro y el misterio dio lugar al nacimiento de la novela fantástica y de la novela gótica o de terror. Una de cuyas primeras manifestaciones es, en 1818, Frankenstein, de Mary Shelley.
Románticos rusos como Nikolai Gogol (1809 – 1852) – Historias de San Petesbrugo - y Alexander Pushkin (1799 – 1837) – Cuentos de Beilkin - contribuyeron también al desarrollo del relato fantástico.
Teatro
El estreno de Hernani, drama de Victor Hugo, en 1830 supuso un espectáculo integral tanto en la sala como en el escenario. Y, tras el enfrentamiento que se produjo entre clasicistas y románticos, el triunfo del teatro romántico, caracterizado por la espectacularidad y cuyo género por excelencia fue el drama histórico.
Dumas y Hugo en Francia o Zorrilla en España cultivaron un género que causó sensación, pero que hoy difícilmente se representa, salvo excepciones como la de Don Juan Tenorio. Son textos sumamente declamatorios, previstos para decorados generosos en cartón piedra y para un actor bastante histriónico rodeado de coros numerosos. Las pasiones y las casualidades son el motor de la acción de estos dramas.
Este teatro rupturista se representaba en un tipo de sala conforme al gusto burgués: el teatro a la italiana. Se trata de salas provistas de un gran escenario con abundante tramoya; el pesado telón y el foso de la orquesta ponen una gran distancia entre espectador y actores, y en la sala se desarrollaba otra exhibición: la del público, que ocupa palcos, plateas y patio de butacas, se viste de gala para acudir a las funciones, realiza una intensa vida social de palco en palco y en los entreactos, y comenta la función y los atuendos de las damas, los amoríos…
Este teatro espectacular y retórico cuajó en un género musical que, en gran medida, conserva la estética teatral del barroco: la ópera. No es un género nuevo pero sí alcanzó su apogeo con el Romanticismo, tanto en Alemania, como en Francia e Italia. Muchas obras de escritores románticos, como Carmen, de Merimée, o El trovador, de García Gutiérrez, acabaron convirtiéndose en óperas.
El drama romántico se caracteriza por:
- La ruptura de la regla de las tres unidades
- Los personajes que se enfrentan a su destino trágico
- El gusto por la Edad Media y los siglos XVI y XVII
- Los escenarios salvajes, fúnebres o decadentes
- La exaltación de los sentimientos
- La presencia de elementos sobrenaturales
- El desenlace trágico
- La mezcla de verso y prosa
- El lenguaje retórico
Con el Romanticismo nace también el melodrama (recibe su nombre del hecho de que los momentos importantes se remarcan con música); género de gran espectacularidad que con el enfrentamiento del “bueno” y el “malo” busca la lágrima fácil del espectador.
El teatro romántico se inicia en Alemania en 1782 con Los bandidos de Schiller. Otros dramaturgos románticos alemanes son Heinrich von Kleist (1777 – 1811) y George Büchner (1813 – 1837).
Victor Hugo, autor de la ya citada Hernani, en el prefacio de Cronwell (1827) defiende la ruptura de las normas clásicas, la mezcla de géneros y la libertad de estilo. Alfred de Musset y Alejandro Dumas fueron otros importantes dramaturgos franceses.

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