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La poesía a finales del siglo XIX

Pierre Auguste Renoir, Baile en El Moulin de la Galette (1876).
Las últimas décadas del siglo XIX fueron de gran desarrollo y progreso técnico y científico que tuvo su reflejo en las comunicaciones, los transportes… y, naturalmente, en la economía. Este desarrollo estuvo acompañado de paz internacional y estabilidad social – hegemonía de la burguesía industrial y financiera y progreso de la clase obrera (derecho de asociación, de voto) - y política en Europa. En ese momento la población europea - bastante estabilizada - constituía una tercera parte de la mundial; se produjo una importante caída de la tasa de mortalidad y de la de natalidad y un importante movimiento migratorio hacia EE.UU., acompañados de un rápido crecimiento de las ciudades. El imperialismo europeo - Inglaterra, Francia, Alemania - se extendía por el mundo al tiempo que la economía se internacionalizaba: los europeos se apropiaban de la actividad productiva de pueblos menos desarrollados, adquiriendo así el dominio de las materias primas y ampliando los mercados. Paralelamente EE.UU. adquirió un papel hegemónico en América desarrollando la doctrina Monroe; derecho a dominar el continente.
La ciencia sufrió en estos años - y en las primeras décadas del XX - una revolución causada por la teoría atómica de Rutherford y Bohr y la teoría cuántica de Planck, y, más tarde, el principio de incertidumbre de Heisenberg y la teoría de la relatividad de Einstein. La Física moderna, nacida con Newton, basada en los conceptos de espacio, tiempo y materia, se sustentaba sobre el principio de causalidad: todo efecto tiene una causa y una causa tiene siempre el mismo efecto. Este principio permitía tener la seguridad absoluta de que la razón humana podía dominar la naturaleza. Los citados descubrimientos – y otros – sobre la constitución del universo y de la materia anularon la concepción del universo como absoluto e infinito y los demás principios racionalistas que fundamentaban la Física de Newton. Y esto significó el fin del racionalismo, de la fe en la razón humana, que no es capaz de comprender y dominar el mundo.
Paralelamente, surgen nuevas corrientes filosóficas. Nietzsche, principal referente del vitalismo, niega la inmortalidad del alma y afirma que “Dios ha muerto y nosotros somos sus asesinos” y que no existen valores absolutos. El existencialismo de Schopenhauer y Kierkegaard afirma que la razón es limitada y no es capaz de comprender la verdadera naturaleza de la existencia, lo que lleva al hombre a una situación de angustia. El psicoanálisis de Freud estudió lo que hay de irracional en el comportamiento humano; muchos de nuestros actos y deseos son fruto de la presión del inconsciente – impulsos provenientes de deseos no satisfechos -.
Las injusticias sociales generadas por el capitalismo, los descubrimientos científicos y los planteamientos filosóficos abren la crisis de la razón y el progreso, que ya no garantizan la felicidad humana.
En la segunda mitad del siglo XIX en la poesía francesa se produjo una reacción tanto hacia el sentimentalismo romántico como hacia el realismo que supuso una gran renovación de la poesía. Se pretendía no que la poesía reflejase la realidad sino que fuese la realidad misma. Esta reacción se manifestó mediante tres movimientos poéticos; el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo, que coinciden en su rebeldía y en su concepción no utilitarista de la literatura. Esta renovación de la lírica fue paralela a la que en la pintura supuso el impresionismo.
El Parnaso contemporáneo fue la revista en la que publicaron los poetas parnasianos; Théophile Gautier (1811 – 1872) y Charles Leconte de Lisle (1818 – 1894). El Parnasianismo tuvo como lema “el arte por el arte”. Mediante el ritmo, la armonía, el equilibrio, el lenguaje cuidado y la métrica clásica -soneto - pretendía alcanzar la belleza pura. La creación de belleza debía ser la única finalidad de la poesía. El parnasianismo pretende la perfección formal y se caracteriza por su gusto por el detalle y por el exotismo y el mundo griego.
Se llamó decadentistas a un grupo de jóvenes poetas franceses angustiados ante la crisis de valores de fin de siglo. Sin embargo, no son franceses los más destacados poetas del decadentismo: el italiano Gabriel D’Annunzio (1863 – 1938) y el inglés Oscar Wilde (1854 – 1900).
La vida bohemia y marginal expresó la insatisfacción y rebeldía de los decadentistas ante su mundo. Y también su moral hedonista y carente de fe religiosa que les lleva a experimentar con las drogas y su tendencia hacia la melancolía y el nihilismo. En consecuencia, en su poesía observamos el exotismo – gusto por lo oriental -, el cansancio ante la vida, la presencia de la enfermedad, la locura y la muerte, el interés por el inconsciente… Y, en lo formal, el desprecio por el clasicismo y el parnasianismo, el refinamiento expresivo y el gusto por la descripción señorial y la sinestesia. El decadentismo mantiene una actitud provocadora frente a la moral burguesa, la hipocresía y los convencionalismos.
El simbolismo reunió el gusto por la belleza y el abandono de cualquier intención didáctica o utilitarista de la poesía de los parnasianos con la rebeldía y transgresión del decadentismo. El simbolismo quiere ir más allá de lo aparente. Los simbolistas consideran que hay en la realidad una parte oculta, no accesible para la razón ni para los sentidos, que sólo se puede interpretar mediante los símbolos; imágenes que evocan las ideas y sentimientos que la razón y los sentidos no pueden captar. La realidad perceptible es una sugerencia de otra realidad oculta y misteriosa que sólo la poesía es capaz de captar. Así las palabras adquieren nuevos significados connotativos sugeridos en el poema. La poesía simbolista se caracteriza por la importancia de los sueños y lo misterioso y también por el ritmo y la importancia que adquiere la musicalidad, lo que la lleva a una renovación métrica en la que domina el empleo del verso alejandrino y el juego con la rima y el encabalgamiento.
Los poetas simbolistas más importantes son Charles Baudelaire (1821 – 1867), Paul Verlaine (1844 – 1896), Arthur Rimbaud (1854 – 1891), Stéphane Mallarmé (1842 – 1898) y Paul Valery (1871 – 1945).
Para Baudelaire, el ser humano aspira a la belleza pero la mediocridad de la vida le hace vivir en permanente sentimiento de hastío – spleen -. Su poesía se caracteriza por el empleo del alejandrino en cuartetos y sonetos, por la mezcla de lo cotidiano y exótico y por la presencia de metáforas sorprendentes, sinestesias, alegorías y antítesis entre otros recursos. Las flores del mal (1857) es su obra más importante. A lo largo de los poemas de Las flores del mal el poeta se enfrenta al contraste entre la búsqueda de la belleza – que a veces se encuentra en lo más sórdido de la sociedad – y la mediocridad de la vida, busca la evasión en el vino y la belleza en el placer carnal, luego se rebela contra Dios y ve en la muerte el consuelo final.
Spleen de París, publicado póstumamente en 1869 viene a ser una continuación de Las flores del mal, recoge cincuenta poemas en prosa.
Mallarmé, que buscaba una poesía pura, escribió poemas de difícil comprensión en los que predomina la evocación; no nombras las cosas sino el efecto que producen.
La poesía de Verlaine se caracteriza por la musicalidad y el ritmo, por el tono melancólico y la ironía y por su dominio de la metáfora y el símbolo. Se vale del paisaje para expresar estados de ánimo. Los poetas malditos (1888) hace referencia a los artistas rebeldes, incomprendidos y bohemios.
Rimbaud es también un poeta de difícil comprensión que pretende escapar de la realidad mediocre mediante alucinaciones.
Valery buscó la poesía pura; lo que queda en el poema después de eliminar todo lo que no es poesía.
La influencia de estos poetas y estas tres corrientes poéticas francesas dio origen en Hispanoamérica al Modernismo. Independizadas las colonias españolas, por primera vez nació en Hispanoamérica una corriente artística que, traspasando el Atlántico, influyó decisivamente en la poesía española. El Modernismo plasmó en la poesía el fenómeno de crisis universal de valores, que se producía en el mundo en esos momentos, fenómeno de hondas inquietudes, de protesta y rechazo respecto a su época y del arte previo, de deseo de hacer cosas nuevas. Fue una revolución de la sensibilidad europea que tuvo por centro París. Entendían los modernistas que la misión del arte era proporcionar el sentido y la belleza de los que carecía la vida.
El poeta nicaragüense Rubén Darío (1867 - 1916) fue la figura fundamental del Modernismo y quien, tras llegar a España en 1892, influiría decisivamente en poetas españoles como Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez.
La originalidad de Rubén Darío consistió en la renovación del lenguaje y de su uso. Las novedades métricas y rítmicas introdujeron en la poesía hispana una refinada musicalidad; el objetivo es que la música de la palabra sugiera su significado. Rubén empleó casi todas las formas métricas: sonetos con versos de entre seis y diecisiete sílabas. La aliteración y la onomatopeya ayudan a la rima a la creación del ritmo y de la musicalidad. Gustó de emplear como adornos lujosos palabras suntuosas y brillantes e introdujo abundantes galicismos. Las palabras de grata eufonía evocan nuevas impresiones. En la poesía de Rubén abundan las metáforas y las sinestesias.
La edición de Azul (1888) es considerado como el momento ‘oficial’ del nacimiento del Modernismo. La expresión más espléndida del Modernismo es Prosas profanas (1896). Con esta obra el Modernismo se consolidó definitivamente. La poesía vitalista de Prosas profanas llevaba el germen otoñal que desarrolla Cantos de vida y esperanza (1905) – obra de madurez, obra cumbre - con un tono nostálgico. La desilusión de la vida no le lleva al pesimismo sino a la resignación. 
Finalmente, Walt Whitman (1819 – 1892), considerado el gran poeta de Estados Unidos, cantó en Hojas de hierba (1855) la belleza de la naturaleza americana, elogió al pueblo americano y defendió la igualdad. Empleó un léxico rico y el verso libre. En Redobles de tambor (1865) realizó una descripción realista de la guerra.

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