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La poesía española entre 1939 y 2000

Gabriel Celaya, Blas de Otero, Asunción Carandell,
Carlos Barral y José Agustín Goytisolo en 1959.
La guerra civil puso un final tan brusco como trágico al esplendor cultural y literario que España había vivido durante el primer tercio del siglo XX (En la poesía especialmente; Machado, Juan Ramón, los poetas del ’27, Miguel Hernández…). Muertos o exiliados la inmensa mayoría de los intelectuales y escritores, la España de la primera postguerra fue un desierto cultural.
En los años cuarenta desde las instancias oficiales se intentó crear una poesía que, alejada de la realidad del momento, reflejase los valores católicos y los principios ideológicos de Falange. Las revistas Escorial y Garcilaso son los referentes de esta poesía. Sus propios nombres son reveladores de las pretensiones de esta poesía artificiosamente heroica; vuelta al siglo XVI – el del imperio español en el que no se ponía el sol -, vuelta al clasicismo formal y métrico – verso endecasílabo -, vuelta a la religiosidad – misticismo - y al amor – petrarquismo - como temáticas y lenguaje sencillo. Luis Rosales, Leopoldo Panero y José García Nieto son algunos de los poetas destacables entre los que cantaron a Dios, la patria y el amor.
Frente a esta poesía arraigada en Dios, la familia, la tradición y la ideología de la España triunfante, la publicación en 1944 de Hijos de la ira de Dámaso Alonso supuso la aparición de una poesía ‘desarraigada’ que emplea el verso libre y un léxico antipoético y que anuncia temáticas que desarrollará la poesía española en los años cincuenta. Hijos de la ira fue un grito de angustia y desolación. También en 1944 se publico Sombras del paraíso de Vicente Aleixandre, que también emplea el verso libre y ofrece una visión dolorosa del hombre. Y la revista Espadaña que intentó enlazar con la poesía anterior a la guerra e inició la poesía social y existencial que caracterizó la época siguiente.
Hubo en los años cuarenta otras tendencias poéticas, como el postismo, que pretendieron conectar con las vanguardias y, como el grupo Cántico, con la poesía del ’27.
El desastre y la angustia de las dos guerras – la de España y la Segunda Guerra Mundial – hacía imposible la búsqueda de Dios y la poesía existencial, pasando del yo al nosotros, derivó en poesía social. Una poesía social que es, en los cincuenta, poesía de testimonio y denuncia, poesía de compromiso con la España que había perdido la guerra civil, poesía que pretende transformar la sociedad española. Muchos de los poetas sociales se iniciaron en la poesía existencialista de la década anterior y publicando en revistas como Escorial.
La poesía social, partiendo de una concepción realista de la Literatura, pretendió dirigirse a la inmensa mayoría de la sociedad – no a una minoría intelectual - con un lenguaje coloquial, un estilo sencillo y un tono narrativo. Quiso dar testimonio crítico y contribuir a cambiar la situación de España. Fueron, por ello, temas de la poesía social: el recuerdo de la guerra, la represión política, la crítica a la burguesía, la solidaridad con el proletariado, las injusticias sociales, la falta de libertad…
1955 marca el momento más importante de la poesía social con la publicación de Pido la voz y la palabra de Blas de Otero y de Cantos Íberos de Gabriel Celaya. Estos dos poetas vascos, que se iniciaron en la poesía religioso-existencial y recogieron la herencia del desarraigo y la angustia de Hijos de la ira, son los autores más destacados de la poesía social. Blas de Otero había publicado Ángel fieramente humano (1950) y Redoble de conciencia (1951) – que en 1958 sintetizó en Ancia -, libros de poesía existencial que anuncian ya lo social. En Cantos íberos Celaya continúa el tono narrativo y coloquial de Tranquilamente hablando (1947) y adquiere un claro compromiso social entendiendo la poesía como instrumento capaz de transformar el mundo. José Hierro – Quinta del 42 (1953) -, Victoriano Crémer o Eugenio de Nora son otros importantes autores de poesía social.
Los cambios sociopolíticos – fin del aislamiento internacional, mejora del nivel de vida, industrialización – acabaron con la poesía social, a la que se acusaba de prosaísmo, de falta de imaginación y de no llegar al pueblo.
Ángel González enlazó la poesía social con la de los años sesenta, caracterizada por una mayor preocupación por lo individual y por el cuidado formal y del lenguaje. Se aleja la poesía de los sesenta del prosaísmo y quiere hacer del lenguaje coloquial lenguaje artístico mediante la elaboración cuidadosa del poema y la presencia del humor y la ironía. La preocupación por el hombre y por España no desaparece, pero la poesía se centra en temas más íntimos; la evocación de la infancia y la adolescencia como paraíso roto por la guerra, el amor, la amistad, la iniciación erótica…
Los poetas de los años sesenta pertenecen a la generación de ‘los niños de la guerra’ – nacidos entre 1925 y 1938 -. Entre ellos, junto a Ángel González, cabe destacar a Claudio Rodríguez, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, Jose Ángel Valente o Félix Grande. Generación fundamental no sólo por su propia poesía sino por su influencia en la poesía española de las últimas décadas del XX.
Nacidos después de la guerra, son los jóvenes poetas que marcaron la poesía española de los años setenta. Su poesía supone una radical ruptura estética, el fin de la poesía de postguerra, el nacimiento de una nueva sensibilidad. Conocidos como ‘los novísimos’ debido a la antología Nueve novísimos poetas españoles que los dio a conocer en 1970, presentaron una poesía caracterizada por; la defensa de la autonomía del arte – debe separase del compromiso político -, la ruptura con el realismo, la voluntaria ignorancia de la tradición poética española, el interés por los autores hispanoamericanos del momento – estamos en pleno auge del llamado ‘boom’ de la novela hispanoamericana -, la toma como referencia de modelos literarios extranjeros, el gusto ‘camp’ que genera una mitología popular sobre personajes del cine, el cómic, el deporte y la política, la intertextualidad, el culturalismo, el barroquismo expresivo, el vanguardismo, la experimentación lingüística, la escritura automática, el collage, los elementos exóticos… A esta estética se la llamó ‘venecianismo’ por la frecuente alusión de estos poetas a la connotada ciudad italiana. Entre los novísimos hay que destacar a Pere Gimferrer – Arde el mar (1966), La muerte en Beverly Hills (1968) -, Manuel Vázquez Montalbán – Una educación sentimental (1967) -, Guillermo Carnero, Félix de Azúa…
La poesía española durante el franquismo (1939 – 1975) recorrió un camino paralelo al de los otros géneros literarios, especialmente la novela; una literatura primero al hilo de la ideología de los vencedores de la guerra, el existencialismo que origina una literatura social, realista, de compromiso político, el posterior agotamiento de lo social - Franco sigue gobernando -, que propicia una nueva preocupación por el lenguaje, por las formas y por la estética, y, finalmente, la renovación rupturista y experimental a la sombra del fenómeno del ‘boom’.
Luego, la muerte de Franco y la transición a la democracia permitieron el regreso a España de los poetas exiliados – todavía vivos - del ’27 y, así, la coincidencia de cinco generaciones de poetas en las últimas décadas del siglo XX. A partir de 1975, al declinar la estética novísima, la poesía española ha evolucionado sin rupturas. En esta renovación, que ha significado la revalorización de Antonio Machado y de poetas de las décadas anteriores como José Hierro, Blas de Otero, Gil de Biedma o Ángel González, han participado algunos novísimos, otros poetas de su misma generación pero de estética no novísima - Juan Luis Panero, Miguel D’Ors - y una generación de poetas más jóvenes.
Así, la poesía de las últimas décadas del siglo se caracteriza por el intimismo, el neorromanticismo, la recuperación de la anécdota, el lenguaje coloquial, el gusto por contar historias, el empleo de la ironía y la parodia, el mundo urbano, la ficcionalidad del yo poético, la tematización del desencanto, la claridad expresiva y la alternancia de los metros tradicionales con el verso libre.
La tendencia poética predominante del periodo y que más claramente muestra estas características en la llamada “poesía de la experiencia”. En ella podemos destacar el tono irónico de Luis Alberto de Cuenca, Javier Salvago o Felipe Benítez Reyes, el acercamiento al realismo sucio de Roger Wolfe, la actitud antivanguardista de los poetas del grupo “la otra sentimentalidad” – Luis García Montero o Inmaculada Mengíbar – o a otros poetas más jóvenes como José Antonio Mesa Toré, Juan Bonilla o Luis Muñoz.
Junto a esta tendencia se han dado otras de carácter neopurista - Andrés Sánchez Robaina - o neosurrealista – Blanca Andreu – que entroncan con los poetas del 27, una poesía erótica – Ana Rossetti – y una poesía elegíaca – Eloy Sánchez Rosillo – de tono melancólico ante la fugacidad de la vida y el paso destructor del tiempo.

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